Salud

¿Por qué tememos a arañas y serpientes si rara vez nos hacen daño?

El miedo a arañas y serpientes es común pese a su bajo riesgo real. Expertos explican su origen en la evolución, el aprendizaje y la percepción especializada de ciertos estímulos.

Ana María Guzmán

Ana María Guzmán

Editora de Salud

domingo, 23 de agosto de 20263 min de lectura

El miedo a las arañas y las serpientes es una de las fobias más comunes, incluso en regiones donde estas especies representan poco o ningún riesgo real para los humanos. Según el Instituto de Investigación y Educación Ambiental, menos de 10 personas mueren cada año en el mundo por picaduras de araña, una cifra que contrasta con la intensidad del temor que muchas personas sienten hacia estos animales.

Este fenómeno plantea una pregunta clave: ¿por qué desarrollamos miedos intensos hacia estímulos que, objetivamente, no representan una amenaza significativa? Para responder, expertos en psicología y neurociencia han explorado los orígenes evolutivos, cognitivos y sociales de las fobias.

El miedo como mecanismo de protección

Vanessa LoBue, profesora de psicología en la Universidad de Rutgers, explica que el miedo es una emoción esencial para la supervivencia, ya que nos alerta sobre peligros potenciales. Sin embargo, cuando esta respuesta se vuelve desproporcionada y interfiere con la vida diaria, puede clasificarse como una fobia.

Según András Zsidó, director del laboratorio de Cognición Visual y Emoción de la Universidad de Pécs, las fobias existen en un continuo: comienzan como miedos normales y solo se consideran patológicas cuando se vuelven obstaculizantes.

Orígenes del miedo: no innato, pero sí predispuesto

Los expertos coinciden en que no nacemos con miedo a las arañas o las serpientes. LoBue señala que el miedo requiere una evaluación cognitiva del entorno, algo que los bebés no pueden realizar inicialmente. Sin embargo, estudios como el de Stefanie Hoehl de la Universidad de Viena sugieren que los humanos tienen una atención preferential hacia ciertos estímulos.

En su investigación, Hoehl observó que los bebés mostraban una mayor dilatación de las pupilas al ver imágenes de serpientes y arañas en comparación con flores o peces. Esta reacción fisiológica está vinculada a la activación del sistema noradrenérgico, responsable de la respuesta de 'lucha o huida', lo que indica una detección temprana de posible peligro.

"Hay cosas en el mundo a las que estamos dispuestos a aprender a temer", afirma Hoehl, sugiriendo que nuestra perceptiva está afinada para detectar estímulos con ciertas características, como movimientos inusuales.

LoBue respalda esta idea, argumentando que tememos más fácilmente a las arañas y serpientes porque son 'extrañas' en comparación con los animales que normalmente vemos: criaturas de cuatro patas que se mueven de forma predecible. Las serpientes no tienen patas, y las arañas se desplazan de manera impredecible, lo que las hace más difíciles de procesar y, por tanto, más propensas a generar desconfianza.

Aprendizaje social y experiencias directas

Aunque existe una predisposición evolutiva a temer ciertos estímulos —una teoría conocida como preparación—, esto por sí solo no explica el desarrollo de fobias clínicas. Según LoBue, una experiencia negativa directa, como una picadura o un susto fuerte, puede acelerar el aprendizaje del miedo, especialmente si ya existe una predisposición.

Además, el miedo puede adquirirse por observación vicaria: ver a otra persona, especialmente un cuidador, reaccionar con temor frente a un estímulo aumenta la probabilidad de que el observador desarrolle una respuesta similar. Este mecanismo podría explicar cómo ciertas fobias se transmiten entre generaciones o se amplifican mediante la cultura popular.

Como concluye Zsidó, muchos miedos que hoy consideramos irracionales fueron racionales en contextos evolutivos pasados. Lo que una vez fue una adaptación útil para evitar peligros reales en entornos impredecibles puede, en la actualidad, manifestarse como una fobia desproporcionada frente a estímulos que, en la mayoría de los casos, no representan un riesgo real.

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Ana María Guzmán
Sobre el autor

Ana María Guzmán

Editora de Salud

Periodista especializada en salud pública y bienestar. Colaboradora de organizaciones de salud en el Caribe. Máster en Comunicación Científica.

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