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La poesía de Yky Tejada explora el numen a través de la espiral simbólica

La poesía de Yky Tejada explora el numen mediante la espiral simbólica, fusionando naturaleza, mito y misticismo en una obra de profunda dimensión espiritual y lingüística.

Ana María Guzmán

Ana María Guzmán

Editora de Salud

domingo, 18 de octubre de 20264 min de lectura

La triple espiral del numen (Variaciones) representa un momento de plenitud creadora en la trayectoria de Yky Tejada (1961), poeta, artista visual y arquitecto mocano cuya obra se sustenta en la contemplación de la naturaleza, la búsqueda de lo invisible y la exploración de la conciencia como fundamentos permanentes de su escritura.

Desde el título mismo, la espiral funciona como símbolo del movimiento ascendente del espíritu, del retorno transformador hacia el origen y de la energía secreta que enlaza la materia con la trascendencia. A diferencia del círculo, que vuelve de manera exacta sobre su punto de partida, la espiral regresa a zonas semejantes desde una altura, una profundidad o un grado distinto de conciencia.

Esta configuración simbólica permite comprender la arquitectura del poemario: cada poema parte de una criatura, un objeto, un recuerdo o una experiencia reconocible, pero avanza gradualmente hacia una dimensión metafísica, mítica y mística. No se trata de una poesía meramente descriptiva ni de un catálogo de bellezas naturales, sino de una lírica que aspira a descubrir la interioridad de las cosas, incluso de aquellas aparentemente humildes, inmóviles o silenciosas.

Así sucede cuando el poeta contempla las piedras y las convierte en depositarias de una memoria anterior al hombre: “En sus dominios hay surcos y signos, / hendiduras que nadie desvela, / misterios grabados en el silencio” (pág. 31). La piedra deja de ser simple materia mineral para convertirse en escritura indescifrada, archivo del universo y presencia que custodia alianzas remotas entre el cielo y la humanidad.

Bruno Rosario Candelier advierte acertadamente que la hondura conceptual, la belleza expresiva y el sentido trascendente constituyen los principales atributos del poemario (pág. 9), juicio confirmado por una escritura en la cual la realidad visible se abre continuamente hacia significados espirituales, simbólicos y cósmicos. En Tejada, contemplar significa penetrar; mirar una criatura supone despojarla de su apariencia inmediata hasta encontrar el numen que la habita.

Por eso la piedra mira sin ojos, la araña teje dentro de la conciencia, el caracol guarda voces antiguas, la rosa encierra el misterio de la muerte y la hoja en blanco se transforma en una matriz capaz de engendrar universos.

La sintaxis poética de Yky Tejada se distingue por su carácter expansivo, enumerativo, envolvente y acumulativo. Sus versos avanzan mediante encabalgamientos, subordinaciones, aposiciones e imágenes sucesivas que reproducen verbalmente el movimiento continuo de la espiral. No es una sintaxis encerrada en moldes métricos rígidos, sino una construcción flexible que se prolonga de un verso a otro, incorpora nuevas asociaciones y establece correspondencias entre planos diferentes de la realidad.

Los verbos en infinitivo —sembrar, alimentar, llegar, ascender, tocar, escuchar— crean una sintaxis de proyecto, búsqueda, deseo y elevación espiritual, mientras los gerundios prolongan las acciones y proporcionan continuidad respiratoria al verso libre. En “Sembrar nubes”, por ejemplo, el poeta propone “ascender, pisando coronas de vapor / en un viento de palabras” y convertirse en “custodio de aguas suspendidas” (pág. 26).

El impulso verbal no concluye en una acción material, pues ascender significa también elevar la conciencia, penetrar en el misterio y alcanzar una región donde la palabra se convierte en viento, agua, corona y revelación. La conformación lingüística del poemario descansa, además, en una abundante adjetivación sensorial y visionaria: jardines “intocables”, aguas “suspendidas”, simas “veladas”, lluvias “otoñales”, claridades “inmaculadas”, presencias “antiguas” y misterios “insondables”.

Sin embargo, esa adjetivación no debe interpretarse como ornamentación gratuita, porque cada calificativo desplaza el objeto desde su existencia cotidiana hacia una condición enigmática. El poeta no se conforma con nombrar la rosa, la luna, la piedra, la medalla o el caracol; necesita revelar lo que tales criaturas esconden en sus repliegues interiores.

Su vocabulario combina palabras provenientes de la naturaleza, la religión, la filosofía, la mitología, la astronomía y la cultura popular, lo que origina una lengua poética de gran amplitud semántica. Rosario Candelier señala que Tejada hace “de la intuición el portal de lo desconocido”, “de la imaginación, el fuero de la invención” y “del lenguaje la fuente de una lírica interior, trascendente y sutil” (pág. 18). Esa valoración resulta pertinente porque la palabra no es aquí un medio transparente ni un simple vehículo de comunicación: constituye una materia creadora que transforma las percepciones, enlaza lo visible con lo invisible y convierte cada objeto en puerta de entrada hacia otro orden.

El estilo de Tejada se sostiene, por tanto, sobre una sintaxis que se ramifica, una adjetivación transfiguradora, un léxico de resonancias múltiples y una imaginería que procura ensanchar las fronteras de la percepción.

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Ana María Guzmán
Sobre el autor

Ana María Guzmán

Editora de Salud

Periodista especializada en salud pública y bienestar. Colaboradora de organizaciones de salud en el Caribe. Máster en Comunicación Científica.

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