Educación

La historia dominicana como base para una ciudadanía crítica y responsable

La historia dominicana es esencial para formar ciudadanos críticos y responsables, más allá de símbolos patrios, y su enseñanza debe fomentar el pensamiento crítico y la conciencia nacional.

Ana María Guzmán

Ana María Guzmán

Editora de Salud

viernes, 4 de septiembre de 20263 min de lectura

La pérdida de memoria histórica representa un riesgo profundo para la identidad nacional, más allá de la desaparición de riquezas o instituciones, ya que afecta la capacidad de un pueblo para reconocerse como nación y proyectar su futuro con conciencia.

La historia no es solo un conjunto de fechas y batallas para memorizar, sino la conciencia que un pueblo tiene de sí mismo: permite conocer el origen, comprender el presente y decidir el rumbo colectivo. Su estudio fomenta el pensamiento crítico al obligar a comparar fuentes, analizar causas y construir argumentos propios.

Resulta preocupante el creciente desconocimiento de la historia dominicana entre nuevas generaciones, no por nostalgia o juicio de valor sobre épocas pasadas, sino porque se debilita la transmisión de lo que permite a una sociedad reconocerse como nación: cuando un joven conoce a figuras de redes sociales pero ignora a Gregorio Luperón, o reconoce tendencias digitales pero no entiende el papel de Duarte, Sánchez y Mella en la formación de la República.

Estudiar historia no significa vivir en el pasado, sino aprender a mirar mejor hacia adelante: permite comprender instituciones, leyes, cultura y conflictos actuales, además de enseñar a pensar, a enfrentar la experiencia humana y a evitar la vulnerabilidad ante la repetición de errores históricos.

La enseñanza de la historia debe ir más allá de la memorización: es necesario enseñar a preguntar por qué ocurrió algo, qué lo provocó, quiénes participaron, qué consecuencias tuvo y qué se puede aprender. Este enfoque forma ciudadanos capaces de pensar críticamente y asumir responsabilidades sociales.

Pedro Henríquez Ureña ejemplifica esta visión: para él, la educación tenía una dimensión ética, orientada a formar seres humanos libres, críticos y responsables frente a la sociedad, un pensamiento que mantiene vigencia en el presente dominicano.

La verdadera educación debe formar dominicanos conscientes de su identidad, pero abiertos al mundo: orgullosos de su cultura, capaces de dialogar con otras, conocedores de su historia y preparados para transformar su realidad. La dominicanidad no puede reducirse a emociones o símbolos; debe ser conocimiento, conciencia y responsabilidad.

Este ideal enfrenta desafíos estructurales en el sistema educativo: dificultades en la formación docente, métodos de enseñanza, comprensión lectora y enfoque de las Ciencias Sociales. Aunque el 4% del PIB destinado a la educación fue una conquista necesaria, surge una pregunta esencial: ¿qué ciudadano se está formando con esa inversión?

El resultado de la educación no se mide solo en aulas, equipos o presupuestos, sino en la capacidad de los jóvenes para comprender lo que leen, pensar críticamente, conocer su historia, respetar al otro y asumir sus responsabilidades como ciudadanos. El verdadero producto de la educación no es un título, sino un ciudadano capaz de contribuir al desarrollo democrático y social del país.

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Ana María Guzmán
Sobre el autor

Ana María Guzmán

Editora de Salud

Periodista especializada en salud pública y bienestar. Colaboradora de organizaciones de salud en el Caribe. Máster en Comunicación Científica.