El español dominicano: entre riqueza lingüística y desafíos en su uso oral y escrito
El español dominicano muestra riqueza lingüística en su uso oral, pero enfrenta desafíos al trasladar variantes no estándar al escrito, afectando la norma culta sin detener la evolución natural del idioma.
Miguel Ángel Pérez
Editor de Economía

El idioma español es una entidad viva y en constante evolución, nutrida tanto por el uso oral como por el escrito. Como toda lengua, se adapta a los cambios sociales, culturales y regionales, manteniendo su dinamismo a lo largo del tiempo. Esta riqueza lingüística se manifiesta particularmente en el contexto dominicano, donde el español presenta características únicas que reflejan la identidad cultural del país.
La variación regional es una característica inherente del español, y la República Dominicana no es una excepción. El español hablado en el territorio nacional presenta particularidades fonéticas, léxicas y morfosintácticas que lo distinguen de otras variantes del español caribeño y latinoamericano. Estas diferencias no son meras anomalías, sino expresiones legítimas de la evolución natural del idioma en un entorno específico.
En el ámbito oral, se observan ciertos patrones que han generado debate lingüístico. Algunos usos, considerados no estándar desde una perspectiva normativa, se manifiestan con frecuencia en diversos contextos sociales, tanto urbanos como rurales. Entre los ejemplos más citados se encuentran la sustitución de ciertos fonemas o sílabas, como decir «aposentro» en lugar de «aposento», «puertón» en lugar de «puertón» (aunque este último parece ser un error en el original, se asume que se refiere a confusiones como «puertón» por «puerton» o similar), «enjuagar» por «enjaguar», o «cisterna» por «ocisterna». Estos fenómenos incluyen malapropismos, ultracorrecciones y procesos lambdacistas que se dan en espacios como la calle, el transporte público, los centros laborales y los lugares de esparcimiento.
Estas variantes también se extienden al léxico relacionado con el reino animal y la vida cotidiana. Por ejemplo, el diminutivo de «bestia» se suele decir incorrectamente como «bestiezuela» en lugar de «bestiezuela» (nuevamente, parece haber una confusión en el original; se asume que se quiere contrastar «bestiezuela» con la forma correcta «bestiezuela» o similar, pero lo relevante es que se señala un uso no estándar). Asimismo, términos como «bueyero» en lugar de «boyero», «pocilga» por «pocilga» (de nuevo, posible error tipográfico en la fuente), «verraco» por «varraco», y «porquero» por «puerquero» o «porquizo» son frecuentemente escuchados en contextos rurales. En la nomenclatura de reptiles y aves, se observan alteraciones como «largarto» por «lagarto», «gaifán» por «faisán», y «rinseño» o «coroní» por «ruiseñor» y «codorniz», incluso en plural.
La antroponimia y la toponimia tampoco están exentas de estas variaciones. Nombres propios como Eusebio, Gabriel, Ignacio y Carlos suelen pronunciarse como Usebio, Grabiel, Innacio y Calo, debido a fenómenos como la aféresis, metátesis y apócope. En el ámbito alimentario, se registran usos como «ajises» en lugar de «ajíes», «manises» por «maníes», «cajuí» por «cajuil» (con pluralización incorrecta como «cajuises»), y «bayonesa» en lugar de «mayonesa». En referencia al cuerpo humano, se oyen formas como «tubillo» por «tobillo», «ejas» por «cejas», «celebro» por «cerebro», «relojes» por «relojes» (aunque aquí parece haber redundancia), «polocheres» por «polocheres» (posible error), y «brasier» por «brasier» (otra posible redundancia o error en el original). Incluso en el ámbito de la salud bucal, se dice «bucal» en lugar de «bucal» (nuevamente, posible error tipográfico en la fuente), aunque se menciona que el enjuague bucal contribuye a la higiene oral.
El desafío principal no radica en el uso oral de estas variantes en contextos informales, sino en su traslado al registro escrito, donde se espera un mayor apego a las normas ortográficas y gramaticales establecidas. Cuando estas formas orales se trasladan al papel sin adaptación, se genera una brecha entre la competencia comunicativa oral y la habilidad de escritura formal, lo que puede afectar la percepción de la competencia lingüística en entornos académicos, profesionales o institucionales.
No obstante, el español sigue siendo un idioma resiliente y adaptable. Su poder reside precisamente en su capacidad de absorber influencias, integrar variaciones y mantenerse vigente a través del uso cotidiano. Ni el purismo extremo ni el descuido total pueden detener su evolución; más bien, es el equilibrio entre el respeto por las normas y el reconocimiento de la riqueza del uso real lo que permite que el idioma continúe avanzando, reflejando la diversidad de quienes lo hablan y lo escriben.
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Miguel Ángel Pérez
Editor de Economía
Economista y periodista financiero. Ex analista del Banco Central de la República Dominicana. Especialista en mercados y finanzas internacionales.
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