Economía

El dólar fuerte y sus efectos adversos en economías emergentes

Un dólar fuerte afecta negativamente a economías emergentes al encarecer la deuda, reducir flujos de capital y presionar a la baja los precios de materias primas, según estudios del FMI y BPI.

Miguel Ángel Pérez

Miguel Ángel Pérez

Editor de Economía

miércoles, 29 de julio de 20264 min de lectura

Un dólar persistentemente fuerte no beneficia a economías en desarrollo como la dominicana, cuya estructura productiva y comercial mantiene una estrecha dependencia de Estados Unidos mediante comercio, inversión, turismo, remesas y cooperación económica.

Aunque la expansión económica de EE.UU. inicialmente aumenta la demanda global de bienes y servicios, favoreciendo a los exportadores, el efecto positivo se ve contrarrestado cuando el crecimiento estadounidense va acompañado de una apreciación sostenida del dólar. Estudios del Fondo Monetario Internacional y del Banco de Pagos Internacionales indican que los ciclos de fortalecimiento del dólar, con una duración promedio de seis a ocho años, suelen coincidir con una desaceleración del crecimiento en economías emergentes.

En contraste, durante los períodos de depreciación del dólar —que históricamente han sido más prolongados— las economías en desarrollo registran mayor dinamismo gracias a mejores condiciones financieras, mayores flujos de capital y precios más favorables de las materias primas.

La aparente contradicción de que EE.UU. crezca y demande más importaciones mientras muchos mercados emergentes crecen menos se explica por el endurecimiento de las condiciones financieras internacionales. Un dólar fuerte encarece el servicio de la deuda denominada en dólares, reduce los flujos de inversión hacia economías emergentes y, en múltiples episodios históricos, presiona a la baja los precios internacionales de las materias primas, afectando los ingresos de los países exportadores.

Cuando el dólar se fortalece, las monedas de los mercados emergentes tienden a depreciarse. Aunque esto puede mejorar temporalmente la competitividad de las exportaciones, simultáneamente incrementa el costo de las importaciones, eleva la inflación interna, encarece el pago de la deuda externa y reduce el poder adquisitivo de hogares y empresas. En la mayoría de los casos, estos efectos negativos superan los beneficios de una mayor competitividad cambiaria.

El dólar mantiene su protagonismo como la principal moneda del sistema financiero internacional: gran parte del comercio mundial —especialmente en petróleo, metales, alimentos y otras materias primas— se cotiza en dólares, constituye la principal reserva de los bancos centrales y actúa como activo refugio durante períodos de incertidumbre financiera.

Por ello, las decisiones de política monetaria de la Reserva Federal tienen repercusiones globales. Cuando la Fed aumenta las tasas de interés para controlar la inflación, parte del capital internacional retorna a EE.UU. atraído por mayores rendimientos y menor riesgo, reduciendo los flujos financieros hacia países emergentes, aumentando sus costos de financiamiento y debilitando sus monedas.

Dado que la política monetaria estadounidense responde a las necesidades de su propia economía y no a las de los países en desarrollo, estas últimas deben fortalecer sus fundamentos macroeconómicos, diversificar sus exportaciones y mejorar su productividad para reducir su vulnerabilidad frente a los ciclos del dólar.

Un patrón recurrente en seis décadas

La década de 1970 fue marcada por la depreciación del dólar y una política monetaria relativamente expansiva. A pesar de las recesiones y la estanflación en EE.UU., las bajas tasas de interés reales favorecieron el financiamiento internacional, y América del Sur registró uno de sus mayores ritmos de crecimiento histórico, con tasas promedio superiores al 6 % anual.

En la década de 1980, la alta inflación llevó a la Reserva Federal, bajo Paul Volcker, a endurecer drásticamente la política monetaria. Las tasas de interés reales alcanzaron niveles cercanos al 8 %, el dólar se apreció considerablemente y los precios de las materias primas descendieron. El aumento del costo del financiamiento internacional desencadenó la crisis de la deuda latinoamericana, dando origen a la denominada "década perdida", caracterizada por bajo crecimiento, alta inflación y severos programas de ajuste.

Durante la década de 1990, tras la recesión de 1990-1991, EE.UU. experimentó uno de los ciclos de expansión más prolongados de su historia, lo que influyó nuevamente en las dinámicas globales del dólar y las economías emergentes.

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Miguel Ángel Pérez
Sobre el autor

Miguel Ángel Pérez

Editor de Economía

Economista y periodista financiero. Ex analista del Banco Central de la República Dominicana. Especialista en mercados y finanzas internacionales.

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