Economía

La economía de la vigilancia: cómo los datos transforman consumo y trabajo

La economía de la vigilancia convierte datos personales en recursos para predecir comportamiento, influir en decisiones y optimizar ganancias, con impactos en consumo, trabajo y equidad global.

Miguel Ángel Pérez

Miguel Ángel Pérez

Editor de Economía

martes, 18 de agosto de 20263 min de lectura
La economía de la vigilancia: cómo los datos transforman consumo y trabajo
La economía de la vigilancia: cómo los datos transforman consumo y trabajo

La economía digital ha evolucionado hacia un modelo donde la vida cotidiana se convierte en materia prima para la extracción y el análisis de datos. Lo que comenzó como una promesa de comodidad y servicios gratuitos ha dado paso a un sistema en el que patrones de conducta, ubicación, hábitos y preferencias son recopilados, medidos y utilizados para predecir y influir en el comportamiento futuro.

Este fenómeno, conocido como economía de la vigilancia, va más allá de la simple recopilación de información. Su rasgo distintivo radica en transformar la experiencia humana en un recurso económico: las empresas no solo responden a necesidades existentes, sino que las anticipan, las modelan y, en algunos casos, las explotan mediante perfiles predictivos construidos a partir de datos masivos y persistentes.

Ejemplos concretos: desde programas de fidelización hasta el trabajo en plataformas

Un caso ilustrativo involucra a McDonald’s y su programa de fidelización, donde un periodista recibió un expediente de 515 páginas tras solicitar sus datos personales. Este documento incluía historial de compras, acumulación de puntos, interacciones con la aplicación y, sobre todo, predicciones sobre visitas futuras, gasto esperado y probabilidad de abandono. El episodio revela cómo un sistema de recompensas puede funcionar como una arquitectura de predicción conductual, anticipando no solo lo que se ha comprado, sino lo que probablemente se comprará.

En el ámbito laboral, la vigilancia también redefine las relaciones de trabajo, particularmente en la llamada gig economy o economía de los pequeños trabajos. Trabajadores de plataformas dependen de algoritmos que asignan tareas, calculan reputación, rastrean ubicación y evalúan desempeño. Investigaciones indican que muchos perciben tanto a las plataformas como a los clientes como fuentes de vigilancia opaca, capaz de afectar su seguridad, privacidad e ingresos.

Esta dependencia estructural lleva a algunos trabajadores a adoptar formas de auto vigilancia, como grabarse a sí mismos o a los clientes, no por elección, sino como una medida defensiva frente a desequilibrios de poder. Asimismo, los datos sobre disponibilidad, respuesta a incentivos o aceptación de tareas permiten a los sistemas estimar la compensación mínima que un trabajador estaría dispuesto a aceptar, planteando serias preguntas sobre equidad y poder de negociación.

Implicaciones globales y riesgos emergentes

La economía de la vigilancia trasciende fronteras nacionales, ya que los datos personales fluyen entre aplicaciones, proveedores, centros de datos y terceros tecnológicos en todo el mundo. Esto ha puesto en el centro del debate las transferencias internacionales de información y los riesgos asociados a marcos legales menos protectores.

Un ejemplo significativo fue la multa de 290 millones de euros impuesta a Uber por la autoridad neerlandesa de protección de datos por transferir información de conductores europeos a Estados Unidos sin garantías adecuadas. El caso subraya cómo la infraestructura de la vigilancia comercial depende de flujos globales que pueden dejar a las personas expuestas a accesos gubernamentales, controles insuficientes o falta de transparencia sobre el almacenamiento y procesamiento de sus datos.

Otro desarrollo preocupante es el llamado precio basado en la vigilancia, donde las empresas, al inferir la disposición a pagar de cada consumidor, ofrecen precios, descuentos o incentivos diferenciados para el mismo producto. Aunque esto pueda parecer una mejora en la personalización, plantea riesgos democráticos: cuando los algoritmos segmentan a las personas según necesidad, impulsividad o fidelidad, la transparencia del mercado se debilita y puede surgir discriminación, incluso sin usar explícitamente categorías protegidas como raza o género.

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Sobre el autor

Miguel Ángel Pérez

Editor de Economía

Economista y periodista financiero. Ex analista del Banco Central de la República Dominicana. Especialista en mercados y finanzas internacionales.

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