Política

República Dominicana necesita un diálogo nacional para definir su política cultural

La República Dominicana necesita un diálogo nacional inclusivo que integre a la diáspora para definir una política cultural de Estado sostenible y participativa.

Carmen Rodríguez

Carmen Rodríguez

Editora en Jefe

sábado, 18 de julio de 20264 min de lectura

La verdadera preocupación no radica únicamente en el presupuesto del Ministerio de Cultura ni en la cantidad de actividades anuales, sino en la ausencia de un gran diálogo nacional sobre el futuro cultural del país para las próximas décadas. Las democracias más avanzadas han comprendido que la cultura no se gobierna exclusivamente desde un ministerio, sino mediante un modelo de gobernanza cultural basado en el diálogo permanente, la concertación y la corresponsabilidad entre el Estado y la sociedad.

La cultura pertenece a la nación, y por tanto su futuro no puede definirse únicamente desde los despachos públicos. El Ministerio de Cultura no debe asumir en solitario la tarea de pensar el futuro cultural del país; su misión consiste en convocar, escuchar, articular consensos y conducir una política pública construida con la participación de quienes crean, investigan, enseñan, preservan y promueven la vida cultural dominicana.

Surge entonces una pregunta inevitable: ¿cuándo fue la última vez que el Ministerio de Cultura convocó un gran diálogo nacional para construir, junto a la comunidad artística, las universidades, las academias, el sector empresarial, los gobiernos locales y la sociedad civil, una visión compartida del futuro cultural de la República Dominicana? Si ese ejercicio existe, el país debería conocer sus resultados. Si no existe, ha llegado el momento de impulsarlo.

Gobernar la cultura no consiste únicamente en administrar instituciones. Significa escuchar, convocar, concertar y transformar esos acuerdos en políticas públicas capaces de trascender los períodos gubernamentales. Pero ese diálogo nacional ya no puede limitarse al territorio insular.

La República Dominicana del siglo XXI trasciende sus fronteras geográficas. Millones de dominicanos residen hoy en diferentes países, conformando una comunidad que mantiene vivos los vínculos culturales, familiares y afectivos con la nación. La diáspora no constituye una periferia; es una de las expresiones más dinámicas de la dominicanidad contemporánea.

Nuestra cultura también se crea en Nueva York, Madrid, Boston, Miami, San Juan, Montreal, Milán y en decenas de ciudades donde los dominicanos preservan sus tradiciones, fundan instituciones culturales, enseñan nuestra historia, producen conocimiento, crean arte y proyectan internacionalmente la identidad nacional. La nación dominicana ya no cabe exclusivamente dentro de la geografía de la isla: es una comunidad cultural extendida, unida por la memoria, la lengua, las tradiciones y un profundo sentido de pertenencia que trasciende las fronteras.

La experiencia de la diáspora ha enriquecido la literatura, la música, las artes visuales, el cine, el teatro, la investigación académica y la gestión cultural. Ha demostrado que la identidad dominicana no permanece inmóvil: dialoga con otras culturas, incorpora nuevas experiencias y, lejos de diluirse, encuentra nuevas formas de afirmarse y proyectarse. Sin embargo, esa inmensa riqueza humana y cultural rara vez participa de manera sistemática en la formulación de las políticas culturales del Estado.

Con demasiada frecuencia, la diáspora es recordada por sus remesas, por su importancia electoral o por los éxitos individuales de algunos de sus artistas. Mucho menos frecuente es reconocerla como un actor estratégico en la construcción del futuro cultural de la nación. Esa visión debe cambiar: una verdadera Política Cultural de Estado debe reconocer que la nación dominicana también piensa, crea, investiga, escribe, enseña y produce cultura desde el exterior.

Incorporar a la diáspora no constituye un gesto de cortesía institucional, sino reconocer una realidad histórica que ha transformado la dimensión misma de la nación dominicana. En este contexto, la reciente incorporación de nuevas personalidades al Consejo Nacional de Cultura representa una oportunidad que trasciende los propios nombramientos. Más importante que los nombres es la misión que ese organismo está llamado a desempeñar.

El Consejo Nacional de Cultura puede convertirse en el gran espacio permanente de reflexión, consulta y concertación de la política cultural del Estado. Un lugar donde confluyan las distintas voces del país —incluyendo las de nuestra diáspora— para debatir prioridades, evaluar resultados y formular recomendaciones que orienten una visión compartida de largo plazo. Sería un error reducir su papel a reuniones ocasionales o a funciones meramente consultivas.

La República Dominicana necesita un Consejo Nacional de Cultura activo, plural, representativo y permanente, capaz de acompañar la formulación, el seguimiento y la evaluación del futuro Plan Nacional de Cultura. Solo entonces podremos afirmar que la política cultural ha dejado de ser responsabilidad exclusiva del Estado para convertirse, verdaderamente, en una tarea compartida por toda la nación.

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Carmen Rodríguez
Sobre el autor

Carmen Rodríguez

Editora en Jefe

Periodista con más de 15 años de experiencia en medios dominicanos. Especializada en política y asuntos gubernamentales. Graduada de la Universidad Autónoma de Santo Domingo.

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