La poesía como acto de ruptura: más allá de la forma establecida
La poesía es un acto de ruptura que devuelve el lenguaje al riesgo, más allá de las formas establecidas y la repetición estéril.
Roberto Martínez
Editor de Tecnología
La poesía no es un museo de formas consagradas, sino una zona de peligro donde el lenguaje debe ser devuelto al riesgo. Esta perspectiva surge de una reflexión profunda sobre el papel del lenguaje y la creación poética, inspirada en la película homónima de Shohei Imamura, La balada de Narayama, que plantea la pregunta esencial: ¿qué debe morir para que una forma de vida pueda continuar?
Todas las cosas buscan un lugar en el lenguaje, pero no llegan como objetos terminados ni como formas obedientes al nombre que intenta recibirlas. Emerge desde una zona anterior, desde una materia sin resolver, desde una oscuridad donde la experiencia permanece palpitante antes de convertirse en concepto. Es allí donde el poema comienza: en el instante en que la palabra deja de servir al mundo conocido y vuelve a enfrentarse con aquello que la desborda.
El lenguaje heredado conserva demasiadas habitaciones cerradas. Sus formas se han repetido hasta perder su origen; sus imágenes han dejado de revelar para convertirse en ornamento. La palabra, sometida a sus propias costumbres, olvida la violencia que la hizo nacer. Por eso, es necesario rescatarla de su servidumbre: devolverle lo que perdió cuando dejó de escuchar, liberarla de los códigos que la inmovilizan, de las formas cerradas que la domestican y de los lugares comunes que la reducen a una sombra de sí misma.
No se trata de destruir la lengua, pues eso repetiría la violencia que se busca superar. Se trata, en cambio, de devolverle su vitalidad: quebrar los huesos del lenguaje hasta encontrar la materia viva que permanece enterrada, remover el polvo acumulado sobre las palabras, escarbar en el brillo de las formas gastadas. Solo así puede el lenguaje volver a producir experiencia, no solo representarla.
La imagen no acompaña al pensamiento; lo precipita hacia una región donde todavía no sabe reconocerse. En esa zona fronteriza entre instinto y razón, entre el animal que nos precede y la conciencia que intenta explicarlo, el poema abre un espacio donde las fronteras dejan de ser estables. Allí se mezclan las raíces del sueño, la memoria del cuerpo, la herida y el relámpago. Algunas cosas deben atravesar primero el fuego de la transformación para encontrar su lugar en la palabra.
Se hace necesario asediar el teatro de títeres instalado en los hospitales de la representación, romper la maquinaria donde las imágenes, agotadas por la repetición, continúan moviéndose como cuerpos sin vida. El poema no debe reproducir lo que ya sabemos mirar, sino devolvernos lo que hemos dejado de ver. Para ello, es esencial leer a quienes llevaron el lenguaje hasta sus límites —Artaud, Gherasim Luca, Eshleman, Paul Celan— no para repetir sus gestos, sino para continuar la herida que dejaron abierta.
La tradición no es un refugio; es un incendio. Profesar no una doctrina, sino un riesgo. Despertar el cuerpo agónico de una poesía que confunde permanencia con vida, repetición con tradición, comodidad con belleza. Porque la poesía no es conservación: es producción. No ilustra el pensamiento; lo obliga a desplazarse. Y mientras las cosas sigan buscando un lugar en la palabra, mientras la noche conserve su respiración secreta, el pájaro demente —símbolo de lo indecible— continuará demarcando su territorio: no el de la certeza, sino el de aquello que todavía espera ser dicho.
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Roberto Martínez
Editor de Tecnología
Ingeniero en sistemas y periodista tecnológico. Fundador de varios blogs de tecnología. Analiza las tendencias digitales que impactan a la República Dominicana.
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