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La evolución de los bailes tradicionales dominicanos: de la tumba al carabiné

Explora la historia de bailes tradicionales dominicanos como la tumba, el carabiné y la mangulina, su evolución y su valor cultural.

Carmen Rodríguez

Carmen Rodríguez

Editora en Jefe

jueves, 15 de octubre de 20263 min de lectura

La República Dominicana posee un patrimonio coreográfico diverso que refleja siglos de intercambios culturales con Europa, el Caribe y otras regiones. Durante el siglo XIX, danzas europeas como la contradanza, la polca y la mazurca llegaron al país y se mezclaron con expresiones locales, dando origen a variantes criollas que hoy forman parte del folclore nacional.

La tumba, uno de los bailes más antiguos documentados, apareció en Santo Domingo alrededor de 1822, según el compositor e investigador Juan Francisco García. Aunque su origen exacto no está definido, se relaciona con la contradanza y disfrutó de amplia aceptación durante el siglo XIX. Hoy es más frecuente encontrarla en archivos y grabaciones que en celebraciones populares.

La polca y la mazurca también dejaron huella en el repertorio dominicano. La polca, de ritmo binario y desplazamientos ágiles, y la mazurca, de compás ternario y acentuación característica vinculada a Polonia, fueron adaptadas por músicos locales. Investigadores como Fradique Lizardo documentaron estas manifestaciones, destacando cómo los intérpretes dominicanos introdujeron cambios que enriquecieron las formas originales.

En el sur del país, el carabiné mantuvo una estructura coreográfica distinta, guiada por el bastonero, quien dirigía marchas, contramarchas, medias vueltas y rondas. El archivo de Fradique Lizardo, conservado en el Centro León, incluye diagramas de estos movimientos y un mapa de mediados del siglo XX que muestra su distribución geográfica. Se bailaba generalmente con seis parejas, y aunque su origen es debatido —vinculado por algunos a inmigraciones canarias y por otros a soldados con carabinas—, también se conoce en Haití, donde se ejecuta con variantes.

La mangulina, por su parte, compartió espacios con el carabiné pero difería en su ejecución. Mientras el carabiné dependía de figuras colectivas dirigidas por el bastonero, la mangulina favorecía los desplazamientos de parejas enlazadas. Según un testimonio de 1925 recogido por la musicóloga Sydney Hutchinson en San Juan de la Maguana, primero se bailaba el carabiné y luego la mangulina. Aunque hoy se asocia con el sur, durante el siglo XIX también se practicaba en el Cibao, donde coexistió con el merengue.

Fradique Lizardo jugó un papel fundamental en la preservación de estas expresiones. Recorrió comunidades, entrevistó a practicantes y documentó movimientos, músicas y testimonios. Su archivo, conservado en el Centro León, contiene más de cincuenta mil registros, entre partituras, fichas de investigación, instrumentos y grabaciones. Estos materiales permiten reconstruir una vida musical que ya no se refleja en los repertorios actuales.

El Archivo General de la Nación conserva un disco del Ballet Folklórico Dominicano que incluye piezas como la tumba, el carabiné ‘Cabo’e Vela’ y la mangulina ‘Che blanco’. Sin embargo, los investigadores advierten que llevar estos bailes al escenario puede modificar su esencia original, por lo que es esencial distinguir entre las formas comunitarias y las adaptaciones para enseñanza o espectáculo.

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Carmen Rodríguez
Sobre el autor

Carmen Rodríguez

Editora en Jefe

Periodista con más de 15 años de experiencia en medios dominicanos. Especializada en política y asuntos gubernamentales. Graduada de la Universidad Autónoma de Santo Domingo.