Salud

Hepatitis B y C: las infecciones silenciosas que dañan el hígado sin síntomas

Hepatitis B y C afectan a millones sin que lo sepan: solo 27% y 36% están diagnosticados, respectivamente, pese a existir tratamientos efectivos y una vacuna para la B.

Ana María Guzmán

Ana María Guzmán

Editora de Salud

lunes, 31 de agosto de 20264 min de lectura
Hepatitis B y C: las infecciones silenciosas que dañan el hígado sin síntomas
Hepatitis B y C: las infecciones silenciosas que dañan el hígado sin síntomas

Cada día mueren en el mundo alrededor de 3.500 personas a causa de la hepatitis viral, la mayoría por complicaciones derivadas de la hepatitis B y la hepatitis C, según datos recientes de la Organización Mundial de la Salud (OMS). Solo la hepatitis B es responsable de 1,2 millones de nuevos contagios y 1,1 millones de muertes anuales.

Lo más preocupante no es la magnitud de estas cifras, sino el alto porcentaje de casos no diagnosticados. De los 254 millones de personas con hepatitis B crónica en el mundo, apenas el 27% conoce su estado. En el caso de la hepatitis C, de los casi 50 millones de personas infectadas, solo el 36% ha sido diagnosticado, lo que significa que la mayoría vive con el virus sin saberlo, mientras la infección progresa de forma silenciosa en el hígado.

La doctora Fabiolina Sánchez Peralta, gastroenteróloga de los Centros de Diagnóstico y Medicina Avanzada y de Conferencias Médicas y Telemedicina (Cedimat), explicó que aunque la hepatitis B y la hepatitis C son causadas por virus distintos, ambas tienen como órgano diana el hígado y comparten vías de transmisión similares.

La transmisión ocurre principalmente por contacto con sangre infectada: compartir agujas o jeringas, transfusiones de sangre no controladas, procedimientos médicos o dentales con material no esterilizado, o tatuajes y perforaciones realizados sin medidas de bioseguridad adecuadas. La hepatitis B, además, se transmite con facilidad por vía sexual y de madre a hijo durante el parto, mientras que en la hepatitis C estas vías son menos frecuentes, aunque posibles.

"Ninguna de las dos se contagia por saludar de mano, compartir alimentos, abrazar o convivir con una persona infectada", afirmó la especialista.

Lo que hace particularmente peligrosas a estas infecciones es su capacidad de permanecer asintomáticas durante años, incluso décadas. Tras el contagio, muchas personas no presentan síntomas o experimentan solo un malestar leve y transitorio, fácilmente confundido con una gripe. Mientras tanto, el virus sigue replicándose y causando una inflamación crónica que, con el tiempo, lleva a fibrosis hepática, cirrosis o cáncer de hígado.

Cuando finalmente aparecen signos como ictericia (color amarillento en piel y ojos), ascitis (hinchazón abdominal) o encefalopatía hepática (confusión mental), el daño hepático suele estar ya avanzado. En muchos casos, el diagnóstico se produce de forma incidental, durante un análisis de sangre de rutina, un chequeo preoperatorio o una donación de sangre.

Existe una diferencia fundamental en el manejo de ambas infecciones. La hepatitis B crónica, actualmente, no tiene cura: el virus persiste de forma latente en el núcleo de las células hepáticas. Aunque los tratamientos antivirales disponibles son altamente eficaces para controlar su replicación y prevenir daño hepático, el manejo suele requerir vigilancia de por vida.

En cambio, la hepatitis C sí es curable. Desde hace más de una década, los tratamientos antivirales de acción directa, administrados por vía oral durante 8 a 12 semanas, logran una tasa de curación superior al 95%, con pocos efectos secundarios. El principal obstáculo no es la falta de tratamiento eficaz, sino que la mayoría de las personas infectadas no saben que lo están y, por lo tanto, nunca acceden a una cura disponible.

Las guías internacionales recomiendan que todo adulto se realice, al menos una vez en la vida, una prueba de tamizaje para hepatitis B y C, independientemente de la presencia de factores de riesgo percibidos. Esta recomendación es especialmente relevante para personas con antecedentes de transfusiones o cirugías antes de la implementación de los controles actuales de bioseguridad, quienes hayan compartido agujas, tengan múltiples parejas sexuales o hayan sido diagnosticadas con otra infección de transmisión sexual, contactos cercanos de personas con hepatitis B o C, mujeres embarazadas, trabajadores de la salud y aquellos con alteraciones inexplicadas en las pruebas de función hepática.

La prueba de detección es sencilla: consiste en un análisis de sangre que busca la presencia del virus o de los anticuerpos específicos, y está disponible en la mayoría de los laboratorios clínicos.

Para la hepatitis B, existe una vacuna segura, eficaz y de aplicación sencilla, incluida en los esquemas de vacunación infantil y disponible también para adultos no vacunados. Por el contrario, aún no existe una vacuna para la hepatitis C, por lo que la prevención se basa en evitar el contacto con sangre potencialmente infectada y garantizar el uso de material esterilizado en cualquier procedimiento invasivo.

Según la doctora Sánchez Peralta, la herramienta más poderosa disponible hoy para combatir ambas infecciones es la detección temprana, ya que permite intervenir antes de que ocurra daño hepático irreversible.

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Ana María Guzmán
Sobre el autor

Ana María Guzmán

Editora de Salud

Periodista especializada en salud pública y bienestar. Colaboradora de organizaciones de salud en el Caribe. Máster en Comunicación Científica.

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