El libre comercio como herramienta clave para mitigar el impacto de El Niño
El libre comercio puede mitigar el impacto de El Niño al equilibrar producción y consumo global, según evidencia histórica y análisis de organismos internacionales como la FAO y el IFPRI.
José Luis Cabrera
Corresponsal Internacional

El fenómeno de El Niño se intensifica y se espera que alcance niveles históricos, poniendo en riesgo la seguridad alimentaria global. Según la comunidad científica, el episodio actual podría ser uno de los más fuertes registrados, con efectos ya visibles en el aumento de los precios de los alimentos desde mediados de agosto, agravado por conflictos como la guerra en Ucrania y las secuelas de la guerra con Irán, que han afectado la disponibilidad de fertilizantes y el tránsito de granos por el mar Negro.
Las sequías en el hemisferio norte y los eventos climáticos extremos están revelando cómo el cambio climático amplifica los choques en los sistemas agrícolas. Ante este escenario, surge una pregunta crítica: ¿qué tan preparados están los sistemas alimentarios mundiales para enfrentar un El Niño de gran magnitud?
La historia muestra que la preparación, no la ferocidad del fenómeno, determina el impacto humano. Durante el devastador El Niño de 1877-78, fallecieron aproximadamente 50 millones de personas, equivalente al 3.5% de la población mundial de entonces. En contraste, el episodio de 1997-98, considerado uno de los más graves del siglo XX, causó alrededor de 22,000 muertes por sequías e inundaciones, menos del 0.001% de la población global de esa época. Esta drástica reducción se atribuye a avances en productividad agrícola, fortalecimiento institucional y, sobre todo, al funcionamiento de los mercados internacionales de alimentos.
El comercio internacional ha demostrado ser un amortiguador esencial durante eventos climáticos extremos. Los fenómenos de El Niño suelen generar impactos asimétricos: mientras algunas regiones sufren sequías, otras experimentan lluvias excesivas y mejores cosechas. Este desequilibrio espacial permite que el comercio redistribuya alimentos de zonas con excedentes a aquellas con déficit, estabilizando precios y evitando hambrunas.
Un caso emblemático es el de Bangladesh durante el El Niño de 1997-98. Aunque la producción nacional de arroz cayó un 20% debido a inundaciones, el país evitó una crisis humanitaria gracias a su capacidad para importar granos de India, tras haber liberalizado su comercio de alimentos en la década de 1990. En contraste, durante la década de 1970, las restricciones comerciales y la falta de capacidad de respuesta impidieron una reacción oportuna, contribuyendo a una hambruna que causó cerca de 1.5 millones de muertes.
Según Paul Dorosh del Instituto Internacional de Investigación sobre Políticas Alimentarias (IFPRI), aunque la productividad agrícola a largo plazo es fundamental, el comercio puede desempeñar un papel decisivo durante emergencias. Estudios posteriores en África subsahariana confirman que el volumen de importaciones de alimentos es un factor más determinante para mitigar crisis que la proximidad geográfica de los socios comerciales.
Para el actual episodio de El Niño, se esperan impactos contrastantes: sequías que podrían afectar la producción de alimentos en Centroamérica y el norte de Brasil, mientras que el sur de Brasil y Argentina podrían ver un aumento en la producción de maíz y soya debido a mayores precipitaciones. Esta dinámica refuerza el argumento de que los mercados internacionales deben operar con mínima interferencia estatal, permitiendo que los precios y los flujos comerciales se ajusten naturalmente.
No obstante, los gobiernos tienen un papel clave en la preparación y respuesta. Organismos como el Programa Mundial de Alimentos (PMA) y la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) han lanzado un llamado preventivo enfocado en 8.8 millones de personas particularmente vulnerables en 22 países, con un presupuesto de US$202 millones. Estas acciones buscan fortalecer la resiliencia antes de que el fenómeno alcance su pico.
La lección es clara: en un mundo donde el cambio climático aumenta la frecuencia e intensidad de eventos extremos, el libre comercio no es solo una cuestión económica, sino un mecanismo de protección social. Permitir que los alimentos fluyan libremente desde donde se producen hacia donde se necesitan puede marcar la diferencia entre una crisis gestionable y una catástrofe humanitaria.
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José Luis Cabrera
Corresponsal Internacional
Periodista con experiencia en coberturas internacionales. Ex corresponsal en Washington D.C. y Nueva York para medios latinoamericanos.
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