Educación

El debate sobre los festivales de poesía y su impacto en la literatura dominicana

Intelectuales cuestionan si los festivales de poesía enriquecen la literatura o la reducen a un espectáculo efímero y narcisista, alejado de su esencia reflexiva y trascendente.

Carmen Rodríguez

Carmen Rodríguez

Editora en Jefe

domingo, 26 de julio de 20263 min de lectura

Los festivales de poesía han generado un intenso debate entre intelectuales y escritores sobre su verdadero aporte al desarrollo de la literatura y la formación del lector. Este discurso, retomado recientemente, cuestiona si estos eventos contribuyen efectivamente al cultivo de la poesía como arte profundo o si, por el contrario, la reducen a un espectáculo banal y efímero.

Mario Vargas Llosa, en su ensayo La civilización del espectáculo (Alfaguara, 2010), critica la tendencia de la cultura contemporánea hacia la espectacularidad, advirtiendo sobre sus efectos negativos en el comportamiento social y en la profundidad del pensamiento. Asimismo, Zygmunt Bauman caracteriza la modernidad como un "mundo líquido", líquido, fugaz y poco propicio para la reflexión sostenida, lo que, según algunos críticos, afecta negativamente la recepción de obras que demandan atención y meditación.

Desde esta perspectiva, se argumenta que la poesía no nace para el espectáculo, sino para la lectura silenciosa, la meditación y el encuentro íntimo entre la palabra y el lector. Convertirla en un evento público, especialmente en festivales, se considera por algunos como un acto que desvirtúa su esencia, transformándola en una práctica narcisista orientada más a la imagen del poeta que a la transmisión de significado profundo.

Se señala que los festivales de poesía suelen atraer a públicos ya iniciados, más que generar nuevos lectores, y que muchas veces terminan siendo encuentros entre poetas que se leen entre sí, sin una verdadera ambición de expansión cultural o educativa. Esto lleva a cuestionar si estos eventos cumplen con un propósito democrático de difusión o si, en cambio, refuerzan círculos cerrados de reconocimiento mutuo.

Además, se destaca que la poesía moderna fue concebida para la lectura individual, no para la declamación pública. Su valor reside en la capacidad de ser releída, meditada y asimilada en el tiempo, cualidades que, según esta visión, se pierden en el formato efímero de una lectura en vivo, cuyo impacto tiende a desvanecerse rápidamente en la memoria del público.

Algunos críticos van más allá y sugieren que la poesía leída en festivales tiende a ser ligera, anecdótica y personalista, careciendo de la profundidad, la fuerza imaginaria y la trascendencia que caracterizan a la poesía canónica. A esta tendencia se le compara con la idea baumaniana de "líquido": algo superficial, pasajero y desprovisto de peso simbólico o espiritual duradero.

Se recuerda que la gran poesía dominicana, considerada canónica, históricamente no se ha leído en festivales, lo que lleva a preguntarse si la institucionalización de estos eventos responde realmente a una necesidad artística o a presiones de visibilidad y mercado. Se plantea entonces si el auge de los festivales está mejorando la calidad de la producción poética o si, por el contrario, está contribuyendo a su banalización.

Finalmente, se plantea una reflexión crítica: si la literatura no aspira a quedar en la memoria y a estimular la imaginación, pierde su razón de ser como ejercicio que cultiva la belleza y el espíritu humanista. Desde esta visión, reducir la poesía a un espectáculo la convierte en una actividad insustancial, alejada de su función esencial como forma de conocimiento y transformación interior.

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Carmen Rodríguez
Sobre el autor

Carmen Rodríguez

Editora en Jefe

Periodista con más de 15 años de experiencia en medios dominicanos. Especializada en política y asuntos gubernamentales. Graduada de la Universidad Autónoma de Santo Domingo.

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