El costo oculto del delivery: comodidad para el consumidor, riesgo para el trabajador
El delivery brinda comodidad al consumidor, pero transfiere riesgos y costos al trabajador, quien asume gastos de vehículo, combustible y exposición física sin las protecciones laborales adecuadas.
Miguel Ángel Pérez
Editor de Economía

El auge del servicio de delivery en Santo Domingo ha transformado la forma en que los ciudadanos acceden a alimentos, medicamentos y otros productos, pero detrás de esa comodidad se esconde una realidad laboral cada vez más precaria. Lo que antes era un simple encargo ahora representa una compleja cadena logística donde el riesgo y los costos operativos son asumidos principalmente por los trabajadores.
Los repartidores en motocicleta son la cara visible de este sistema: llegan, entregan, cobran y vuelven a salir al tráfico en cuestión de minutos. Mientras el consumidor observa una transacción rápida y eficiente, permanece invisible el esfuerzo físico, el desgaste del vehículo, el consumo de combustible, la exposición al clima y el estrés de navegar por una ciudad congestionada bajo presión de tiempos ajustados.
Desde una perspectiva crítica, la economía de plataformas no ha eliminado la explotación laboral, sino que la ha reorganizado y hecho menos visible. El antiguo patrón con rostro y fábrica ha sido reemplazado por un algoritmo que distribuye pedidos, mide tiempos, administra incentivos y condiciona ingresos a través del teléfono, que funciona simultáneamente como herramienta de trabajo, sistema de control y puerta de acceso al salario.
La ciudad entera funciona como una fábrica extendida, donde avenidas, semáforos y barrios forman parte de una cadena logística cuyo objetivo es acelerar la circulación de mercancías. Cada pedido implica un desplazamiento que consume recursos humanos y materiales, cuyos costos —como el mantenimiento de la motocicleta, el combustible y la depreciación— son absorbidos por el trabajador, pese a ser indispensables para el servicio.
Otra capa de precariedad se encuentra en la clasificación contractual de los repartidores como "independientes", "socios" o "propios jefes", una figura que choca con la realidad de su dependencia económica y algorítmica. Su ingreso está condicionado a aceptar pedidos, permanecer disponible, cumplir tiempos estrictos y someterse a reglas impuestas por la plataforma, lo que limita verdaderamente su autonomía.
El debate no debe centrarse en si el delivery debe existir o no, sino en qué derechos laborales deben acompañar esta nueva forma de organización del trabajo. Cuando una plataforma controla el proceso, obtiene beneficios y determina las condiciones del servicio, debe asumir responsabilidades correspondientes, incluyendo el reconocimiento de una relación laboral cuando exista subordinación económica y tecnológica.
Se requieren medidas concretas: garantizar seguridad social, cobertura frente a accidentes y enfermedades, y contribuir a los costos asociados al vehículo cuando su uso es indispensable para el trabajo. Solo así se podrá equilibrar la comodidad del consumidor con condiciones justas para quienes hacen posible el servicio.
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Miguel Ángel Pérez
Editor de Economía
Economista y periodista financiero. Ex analista del Banco Central de la República Dominicana. Especialista en mercados y finanzas internacionales.
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