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Veintiséis años después: la deuda cultural pendiente en República Dominicana

Veintiséis años después, el legado de Pedro Henríquez Ureña exige pasar de la cita a la acción: construir una política cultural permanente basada en responsabilidad colectiva y crítica constructiva.

Roberto Martínez

Roberto Martínez

Editor de Tecnología

sábado, 10 de octubre de 20262 min de lectura
Veintiséis años después: la deuda cultural pendiente en República Dominicana
Veintiséis años después: la deuda cultural pendiente en República Dominicana

Veintiséis años después de una primera reflexión sobre la política cultural de Estado, surge una pregunta central: ¿qué hemos construido realmente desde la cultura para fortalecer el tejido nacional? El análisis parte de la figura de Pedro Henríquez Ureña, cuyo legado intelectual trasciende las citas académicas para convertirse en un llamado a la acción.

El verdadero desafío no radica en la ausencia de pensamiento crítico, sino en la brecha entre el pensamiento y la acción concreta. Se distingue entre un Henríquez Ureña "cómodo", reducido a símbolo de prestigio, y otro más exigente, que obliga a cuestionar qué se hace con el conocimiento, la educación y la cultura en función del proyecto de Nación que se desea construir.

El homenaje auténtico no consiste en repetir su nombre, sino en responder a sus preguntas incómodas: ¿Qué hacemos con la memoria? ¿Cómo defendemos el patrimonio? ¿De qué manera garantizamos la libertad de creación? Estas interrogantes trascienden lo discursivo y exigen compromisos traducidos en políticas sostenibles.

La cultura como servicio público no requiere que los intelectuales se conviertan en funcionarios, pero sí implica que su trabajo trascienda el prestigio personal. Investigar, escribir, formar generaciones, defender la memoria, cuestionar el poder, proponer políticas y participar en la construcción institucional son formas legítimas de servicio al país desde la autonomía crítica.

Independencia crítica y responsabilidad social no son antagónicas. Una sociedad cultural madura puede colaborar con el Estado sin renunciar a su capacidad de cuestionamiento, exigir transparencia, señalar aciertos y deficiencias, y proponer alternativas. A su vez, los gobiernos deben reconocer que una comunidad cultural crítica fortalece, no debilita, la democracia.

Responsabilidad compartida trasciende al gobierno. La deuda cultural de República Dominicana no puede atribuirse únicamente a errores gubernamentales. Partidos, intelectuales, artistas, gestores, universidades, empresas, fundaciones, medios, sociedad civil y ciudadanos forman parte de una conversación nacional que requiere voluntad colectiva para superar la fragmentación y construir acuerdos duraderos.

Autocrítica necesaria exige reconocer que no se puede reclamar institucionalidad mientras se actúa desde intereses individuales, ni pedir participación cultural permaneciendo ausentes. La cultura dominicana necesita una sociedad capaz de organizar, dialogar, proponer, fiscalizar y construir consensos, más allá de la defensa de espacios particulares.

El camino adelante pasa por dejar de preguntar quién tiene la culpa y avanzar hacia qué estamos dispuestos a construir juntos. Solo así las preguntas de Henríquez Ureña dejarán de ser meras citas para convertirse en motor de transformación cultural sostenible.

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Roberto Martínez
Sobre el autor

Roberto Martínez

Editor de Tecnología

Ingeniero en sistemas y periodista tecnológico. Fundador de varios blogs de tecnología. Analiza las tendencias digitales que impactan a la República Dominicana.