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Teófilo Terrero: una vida dedicada al teatro y la transformación social

Teófilo Terrero recuerda cómo su infancia en Azua y Ocoa, marcada por la creatividad familiar, sentó las bases de su trayectoria teatral y su visión del arte como transformación social.

Carmen Rodríguez

Carmen Rodríguez

Editora en Jefe

sábado, 22 de agosto de 20263 min de lectura

Teófilo Terrero, reconocido figura del teatro dominicano, reflexiona sobre más de cinco décadas de trayectoria artística y personal en una entrevista que revela los orígenes de su vocación y su visión del arte como herramienta de transformación social.

Nacido en Azua en febrero de 1956, Terrero pasó sus primeros años conscientes en San José de Ocoa, donde su infancia estuvo marcada por la creatividad y el esfuerzo de su familia para superar las limitaciones económicas. Su madre, quien le enseñó el abecedario usando un folder, jugó un papel fundamental en el desarrollo de sus habilidades de memoria, expresión y sensibilidad —herramientas esenciales para su futura carrera como actor.

Entre sus recuerdos más vívidos, Terrero menciona una escena doméstica en la que, como niño, recitaba una improvisación titulada «Yo soy Rafaelito, el niño valiente», simulando un saludo al presidente. Este episodio, junto con la transmisión oral de la poesía «Somos dominicanos», refleja cómo, sin saberlo, su entorno familiar estaba cultivando las capacidades que luego definirían su trabajo teatral.

El entrevistador, quien mantiene una amistad de casi cincuenta y cinco años con Terrero, destaca que esta relación trasciende lo profesional: «Estoy conversando con un amigo y compañero de una larga travesía». Ambos compartieron los inicios en el Teatro Estudiantil, luego en Teatro Gayumba y posteriormente en Teatro Gratey, espacios donde la amistad se convirtió en trabajo colectivo, creación artística y compromiso social.

Según Terrero, el teatro nunca fue para él simplemente actuación, sino un medio para el encuentro humano, el descubrimiento y la formación. «Encontré personas inspiradoras para lo humano», afirma al explicar qué encontró en el teatro que no halló en ninguna otra actividad. Esta perspectiva lo llevó a ver el arte como una forma de entender la sociedad y acercarse a principios esenciales como la educación, la solidaridad y la emancipación.

Las enseñanzas de sus padres dejaron una huella profunda en su mundo de visión. Su madre le decía: «Del blanco la bonitura y del negro la inteligencia», mientras que su padre le inculcó: «Mi hijo, estudie, que lo que usted aprenda es lo único que le dejo» —una frase que Terrero interpreta como un llamado a ver el conocimiento como patrimonio y la educación como herramienta de liberación.

También recuerda momentos de dolor, como la enfermedad congénita que llevó a la temprana muerte de su hermana Leda, y la habilidad de su madre para confeccionar ropa y emprender pequeñas ventas de juguetes para sostener a la familia. A pesar de las dificultades, Terrero rescata sobre todo un sentimiento: la felicidad nacida no de la abundancia, sino de la capacidad de transformar las limitaciones en imaginación, solidaridad y afecto.

Esta actitud, aprendida en el hogar, se convirtió en una característica de su vida teatral: la habilidad de crear a partir de lo disponible. Para Terrero, el teatro ha sido, durante casi seis décadas, mucho más que un oficio: ha sido un camino de crecimiento personal, colectivo y social.

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Carmen Rodríguez
Sobre el autor

Carmen Rodríguez

Editora en Jefe

Periodista con más de 15 años de experiencia en medios dominicanos. Especializada en política y asuntos gubernamentales. Graduada de la Universidad Autónoma de Santo Domingo.

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