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República Dominicana: zonas más vulnerables ante un gran terremoto

Santiago de los Caballeros y la costa norte son las zonas más vulnerables de República Dominicana ante un gran terremoto, por su proximidad a fallas activas, suelos sedimentarios y alta densidad poblacional.

Francisco Herrera

Francisco Herrera

Reportero de Investigación

viernes, 17 de julio de 20264 min de lectura

Los terremotos de magnitud 7.2 y 7.5 que sacudieron el norte de Venezuela el 24 de junio, con apenas 39 segundos de diferencia, reactivaron en República Dominicana una pregunta recurrente tras cada gran desastre: ¿qué zonas del país sufrirían las consecuencias más graves ante un evento similar? Hasta el 15 de julio, las autoridades venezolanas reportaban 4,829 fallecidos, 16,740 heridos y 17,907 personas sin hogar, además de daños significativos en viviendas, hospitales, escuelas y otras infraestructuras.

La tragedia demostró que la magnitud del sismo es solo una parte del problema: las condiciones del suelo, la calidad de las construcciones y la capacidad de respuesta determinan el nivel final de destrucción. En República Dominicana no existe una lista única que clasifique de manera absoluta las localidades más vulnerables, ya que el peligro sísmico depende de la cercanía a fallas capaces de generar terremotos, mientras que la vulnerabilidad está relacionada con la resistencia de las edificaciones, el tipo de suelo, la densidad poblacional, las vías de acceso y la preparación institucional.

Cuando ambos factores coinciden, surge el riesgo: una ciudad puede estar más alejada de una falla, pero sufrir daños mayores si concentra millones de habitantes, construcciones informales, edificios antiguos e infraestructuras no evaluadas. Santiago de los Caballeros aparece entre las ciudades con mayor riesgo sísmico del país por la combinación de tres factores: proximidad a la zona de falla Septentrional, terrenos sedimentarios capaces de amplificar el movimiento y una elevada concentración de población, edificios y actividades económicas.

La falla Septentrional se extiende por el norte dominicano, desde el área de Monte Cristi hasta Samaná, y forma parte del sistema que acomoda el movimiento entre las placas de Norteamérica y el Caribe. En el entorno de Santiago también se encuentran estructuras asociadas, como las fallas de Jacagua y Camú. A diferencia de zonas construidas sobre roca más rígida, parte de Santiago y del valle del Cibao descansa sobre materiales aluviales y sedimentarios, que pueden aumentar la intensidad y duración de la vibración, especialmente en edificios con deficiencias estructurales.

La ingeniera sísmica Claudia Germoso, docente del Instituto Tecnológico de Santo Domingo (Intec), identificó la falla Septentrional y la de Enriquillo como las dos estructuras terrestres de mayor potencial destructivo en el país. La especialista advirtió que Santiago y la región norte presentan una exposición elevada por la cercanía a las fuentes sísmicas y por las características del suelo.

El riesgo no se limita a Santiago. También abarca localidades del valle del Cibao como Navarrete, Villa González, Tamboril, Moca, Salcedo, Mao, Esperanza, San Francisco de Macorís y La Vega, aunque el nivel concreto puede variar según la distancia a cada falla, el terreno y la calidad de las edificaciones. El actual Reglamento R-001 para el Análisis y Diseño Sísmico de Estructuras clasifica a Santiago, Puerto Plata, Espaillat, Hermanas Mirabal, Duarte, María Trinidad Sánchez, Monte Cristi, Samaná, Santiago Rodríguez, Sánchez Ramírez y Valverde dentro de la zona de alta sismicidad.

Las localidades de la costa atlántica están expuestas tanto a fuertes movimientos del terreno como a tsunamis generados por terremotos submarinos. Entre las zonas más delicadas se encuentran Puerto Plata, Luperón, Sosúa, Cabarete, Gaspar Hernández, Río San Juan, Cabrera, Nagua, Matancitas, Sánchez y Samaná. Además de la falla Septentrional y sus ramales, al norte de la isla se localiza una activa zona de contacto entre las placas tectónicas.

El antecedente más grave ocurrió el 4 de agosto de 1946, cuando un terremoto de magnitud estimada en 8.1, el mayor registrado instrumentalmente en la historia de La Española, generó un tsunami que arrasó comunidades de la costa nordeste. El antiguo poblado de Matanzas, en la actual provincia María Trinidad Sánchez, fue prácticamente destruido. Las olas penetraron hasta unos dos kilómetros tierra adentro y dejaron en pie apenas ocho de alrededor de 300 viviendas de madera, según el Centro Nacional de Sismología. Las estimaciones de fallecidos varían entre más de 1,000 y alrededor de 1,600 personas.

La exposición costera obliga a considerar no solo la resistencia de los edificios, sino también la existencia de rutas de evacuación, señalización, zonas seguras y protocolos para movilizar rápidamente a residentes y turistas. El crecimiento de hoteles, residenciales y comercios próximos al mar aumenta la cantidad de personas y bienes expuestos. Un terremoto fuerte podría, además, dañar carreteras, puentes y comunicaciones antes de que llegue un tsunami, dificultando la evacuación.

Las provincias de Azua, San Juan, Barahona, Bahoruco, Independencia y Pedernales también concentran una amenaza considerable, vinculada al sistema de fallas de Enriquillo-Plantain Garden, que atraviesa el sur del país y representa otro foco de preocupación para las autoridades de protección civil y gestión de riesgos.

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Francisco Herrera
Sobre el autor

Francisco Herrera

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Periodista investigativo con enfoque en transparencia gubernamental y casos de corrupción. Premio Nacional de Periodismo 2022.

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