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Recuerdo poético de un abuelo que marcó generaciones en Santo Domingo

Poema de Salvador Otero Nolasco que recuerda la vida, rutinas y amor de su abuelo en Santo Domingo, marcando generaciones con gestos sencillos y profundos.

Lucía Fernández

Lucía Fernández

Editora de Cultura

domingo, 26 de julio de 20263 min de lectura

Salvador Otero Nolasco compartió un poema titulado Los Padres, en el que recuerda con profunda emoción la figura de su abuelo, a quien también llamaba bisabuelo, y su influencia en su vida familiar y personal.

Según el autor, su abuelo era un hombre de presencia tranquila y rutinas marcadas: vestido de hilo blanco, bastón y sombrero de paja, salía cada mañana a las cinco y cuarto para regalar helados y refrescos, acompañados de películas musicales que despertaban al niño con alegría y una sensación de obligación amorosa.

Estos paseos, realizados en las primeras horas del domingo, lo llevaban a misa y a vestirse con su uniforme, mientras caminaban por trayectos sobre hormiguitas, bajo la brisa marina que le cerraba los ojos. El autor menciona que, sin esperar su partida, una mañana clara lo perdió físicamente, aunque su memoria permaneció viva.

El poema describe al anciano como el inicio de ciclos soleados en medio de pasillos desolados y balcones, cuyas manos tamborileaban sin tiempo mientras meceba en una silla verde. Sus gestos incluían regalar papeles amarillentos por el tiempo, compartir días en traspatios y disfrutar de columpios de trinitarias movidos por el aire oscuro de la tarde.

También evoca fiestas en escaleras podridas que crujían fuerte, asustando a los pájaros azules, y la alegría de recibir ropa nueva, zapatos rojos, cintas de seda y muñequitos comprados en el parque, llevados por el viento y el polvo de sol. El lugar mencionado es Calle Colón, hoy Las Damas, número 36, altos, con 29 escalones donde sonaba una corneta y se bajaba la bandera.

Mientras el autor quedaba rezagado en su oficina silenciosa, el abuelo recordaba el latín, los gobiernos duros y sus paseos por el río Ozama con el padre del poeta, descrito como un marinero desde niño al que nunca vería asesinado.

El texto continúa con una reflexión íntima: la presencia del abuelo se siente como una figura de yeso en la memoria, protegida por una niebla que lo resguarda del viento de la vida. Su frente silenciosa, portadora de augurios no cumplidos, dejó un vacío que el autor describe como un silencio infinito y un trastabillar de soledad en los campos que dejó atrás.

Aunque nunca vio su cara clara, siempre la imaginó entre neblinas, llena de bondad y un amor inapresable. El poema culmina con una invocación casi litúrgica: General. General hombre. Hombre General. General General…, seguido de una imagen del abuelo erguido en la brisa, auspiciado por Jorge, bajo caballos trepidantes y el ruido de cascos desatados.

En un momento de angustia, el autor grita: «El día en que te llevaron a conocer la muerte», y confiesa que solo conserva de él sobremesas, escasas invitaciones para conocer el mar, y el viento del silencio. Sin embargo, guarda pedacitos de amor, la felicidad inmensa de verlo venir con la cabeza ladeada y la voz de enamorado, cuya voz de humo lo picaba en el pelo, los oídos y el alma.

Se siente chamuscada de sol, incorporada al mundo de isla de su abuelo, cuyos recuerdos son sangre, palabras, anécdotas y amores. Lo considera sustituido por un siglo de viento con boquetes de sol en el lomo de los árboles. Bajo la noche, intenta reconstruir su vida, guiada por una niebla casi blanca que preside su presencia, mientras reflexiona sobre el verso: «Cuán lejos se va el placer, como después de acordado da dolor…».

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Lucía Fernández
Sobre el autor

Lucía Fernández

Editora de Cultura

Crítica cultural y escritora. Especializada en arte, música y entretenimiento dominicano. Columnista con 10 años en medios nacionales.

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