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Raíces históricas de la religiosidad popular dominicana: sincretismo y resistencia

La religiosidad popular dominicana surge del sincretismo entre creencias africanas, indígenas y católicas durante la colonia, marcada por resistencia, adaptación y expresiones únicas como las cofradías y la fiesta de San Miguel.

Isabella Santos

Isabella Santos

Corresponsal de Deportes

jueves, 1 de octubre de 20263 min de lectura

La religiosidad popular dominicana tiene sus orígenes en el periodo colonial, cuando la imposición del catolicismo por parte de los conquistadores chocó con las creencias de los pueblos indígenas y los africanos esclavizados. Este proceso no fue un encuentro equitativo, sino una relación de poder en la que la religión se convirtió en un instrumento de control social y cultural.

Desde los primeros años de la colonia, surgieron tensiones entre la doctrina cristiana y los intereses del régimen colonial. Un episodio emblemático ocurrió en diciembre de 1511, cuando fray Antón de Montesinos denunció en Santo Domingo el maltrato de los indígenas, con el respaldo de su orden dominica. Aunque su reclamo no se centró en los africanos esclavizados, evidenció las contradicciones entre la evangelización y la explotación laboral que sustentaba el sistema colonial.

La evangelización forzada no solo buscó la conversión religiosa, sino también el control de las expresiones culturales. Se prohibieron reuniones, ceremonias y prácticas que permitieran a los esclavizados mantener sus vínculos comunitarios. Investigaciones como la de Virginia Flores Sasso y Esteban Prieto Vicioso, publicada en el Anuario de Historia de la Iglesia en 2021, documentan cómo el Código de Santo Domingo de 1768 restringió las agrupaciones de personas esclavizadas de distintas haciendas, especialmente aquellas que involucraran instrumentos como los tambores.

Estas restricciones no fueron exclusivas de Santo Domingo. En ciudades como Nueva Orleans, en 1817, las autoridades limitaron las reuniones festivas de personas de ascendencia africana a un espacio designado, posteriormente conocido como Congo Square. Allí, pese a las regulaciones, continuaron reuniéndose para comerciar, cantar y bailar, preservando elementos de sus tradiciones africanas en un contexto de esclavitud.

En respuesta a la represión, las cofradías religiosas surgieron como espacios de resistencia y adaptación. Integradas dentro de la estructura católica, permitieron a los africanos y sus descendientes participar en celebraciones autorizadas, organizarse comunalmente y, de forma simbólica, preservar elementos de sus creencias originales. En este contexto, imágenes de santos y vírgenes adquirieron nuevos significados, aunque sería inexacto afirmar que toda devoción católica encubría una divinidad africana. Más bien, el proceso generó nuevas prácticas religiosas, fruto de décadas de convivencia, adaptación y reinterpretación cultural.

Esta complejidad histórica ayuda a explicar por qué la religiosidad popular dominicana trasciende las formas oficiales de culto. En 1982, Fradique Lizardo realizó una investigación de campo para el espectáculo Religiosidad Popular Dominicana del Ballet Folklórico Nacional. Sus observaciones en diversas localidades del país desafiaron la noción de que la presencia del vodú en territorio dominicano se debía exclusivamente a la influencia haitiana. Lizardo documentó altares domésticos, ofrendas, oraciones, ceremonias y entidades espirituales que forman parte de las creencias populares, al tiempo que señaló los prejuicios que han dificultado su estudio académico y distinguió entre la práctica religiosa vivida y su representación escénica.

La fiesta de San Miguel, celebrada cada 29 de septiembre en el barrio homónimo de la Ciudad Colonial de Santo Domingo, ejemplifica esta diversidad. En esta fecha, devotos participan tanto en las ceremonias católicas dedicadas al arcángel como en las manifestaciones populares asociadas a Belié Belcán, figura central de las 21 Divisiones. La festividad incluye promesas, ofrendas, salves y toques de palos, mostrando cómo distintas interpretaciones de lo sagrado coexisten en un mismo espacio.

Esta celebración también ilustra que las fronteras entre confesiones religiosas no son siempre rígidas en la práctica popular. En contextos como el de San Miguel, imágenes, cantos y rituales adquieren significados particulares para los participantes, reflejando un sincretismo vivo que continúa siendo parte fundamental de la identidad cultural de la nación.

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Isabella Santos
Sobre el autor

Isabella Santos

Corresponsal de Deportes

Apasionada del deporte dominicano. Cubre béisbol de Grandes Ligas, baloncesto y eventos deportivos nacionales. Comunicadora social de PUCMM.