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Pepe Grullón: la pintura que transforma la realidad en emoción y color

Pepe Grullón transforma la realidad en emoción y color en su primera exposición temporal en el Museo de Arte de Santiago, donde la figuración da paso a la transfiguración lírica.

Lucía Fernández

Lucía Fernández

Editora de Cultura

lunes, 20 de julio de 20264 min de lectura

Pepe Grullón presenta su primera exposición temporal en el Museo de Arte de Santiago, una muestra que no sigue una línea cronológica sino que propone un diálogo entre las distintas facetas de su trayectoria artística. La curaduría de José Manuel Antuñano reúne al médico, al observador de la naturaleza, al heredero de la Escuela de Santiago, al pintor de personajes populares y al creador que, con el tiempo, se desprendió de la representación figurativa para abrazar la libertad del color.

La exposición no busca demostrar una evolución lineal, sino permitir que obras de distintos momentos dialoguen desde preocupaciones comunes. Esta decisión sacrifica cierta claridad histórica, pero gana en resonancia visual, permitiendo que piezas separadas por más de veinte años establezcan conexiones temáticas y emocionales. Grullón ha realizado apenas una decena de muestras individuales a lo largo de su carrera, separadas por largos periodos de silencio que, según él, fueron necesarios para madurar su mirada.

En sus obras más recientes, la figuración deja de ser un fin para convertirse en punto de partida. Desde retratos de personajes populares hasta grandes composiciones donde gallos, flores y aves se transforman en explosiones cromáticas, la muestra revela una constante: el artista nunca abandona la realidad, sino que la transfigura. Flores convertidas en fuego, gallos en viento, personajes en memoria —esta es la esencia de lo que Grullón llama su "fantasía lírica".

Cuando afirma que "una orquídea es casi una mariposa", no está usando una metáfora poética, sino describiendo su forma de ver el mundo. En su universo plástico, las especies pierden su rigidez: las plumas se vuelven pétalos, los pétalos adquieren movimiento de alas, los cuerpos se desintegran en color y ritmo. En estas obras, la pincelada deja de describir el objeto para construir el movimiento mismo; el color invade la forma, rompe sus límites y convierte el lienzo en un espacio de tensión entre reconocimiento y abstracción.

Aunque comparte un horizonte sensible con su padre, Mario Grullón, Pepe no es un continuador directo. Mientras el padre predominó en lo descriptivo, el hijo condujo la herencia familiar hacia una pintura donde el gesto, el color y la emoción se emanciparon de la representación. En Pepe Grullón, el color deja de ser un atributo de la forma para convertirse en la forma misma: las siluetas apenas insinuadas estallan ante el espectador antes de adquirir una forma reconocible.

La exposición, titulada "Trayectoria", invita a releer motivos persistentes en su obra: el flamboyán, el coche, los lechones y los tocadores de atabales. Estos no aparecen como meros signos costumbristas, sino como fragmentos de una identidad en constante transformación que intenta reconocerse y perdurar. Allí, la pintura deja de pedir reconocimiento para exigir experiencia: hay un momento en que el espectador deja de identificar qué está mirando y comienza simplemente a sentirlo, tal como advertía John Berger sobre la relación entre observador y objeto.

En algunos momentos, la libertad gestual lleva la pintura al borde de la abstracción sin cruzarla. Esta tensión —donde Grullón nunca rompe del todo con la figura— constituye una de las mayores virtudes de la muestra. Conserva así un hilo narrativo que impide que la imagen se disuelva completamente en la abstracción. Los gallos, tema recurrente en la pintura dominicana, dejan de ser animales para convertirse en energía: sus colas se transforman en llamaradas, sus crestas en incendios suspendidos, y sus cuerpos ya no ocupan el espacio, sino que parecen generarlo.

En las obras más recientes, el color deja de describir para empezar a construir emociones. Varias piezas recuerdan más a un torbellino vegetal que a una representación zoológica, lo que confirma que, para Grullón, pintar no es imitar el mundo, sino reinventarlo desde la emoción y el gesto.

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Lucía Fernández
Sobre el autor

Lucía Fernández

Editora de Cultura

Crítica cultural y escritora. Especializada en arte, música y entretenimiento dominicano. Columnista con 10 años en medios nacionales.

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