La verdadera medida del impacto de la Feria Internacional del Libro
La Feria Internacional del Libro debe evaluarse por su impacto duradero en los hábitos de lectura, no solo por asistencia o ventas.
Carmen Rodríguez
Editora en Jefe

La Feria Internacional del Libro no debe evaluarse únicamente por sus cifras de asistencia o ventas, sino por su capacidad para generar cambios duraderos en los hábitos de lectura de la población dominicana. Cada año, tras el cierre de los pabellones, surge una pregunta fundamental: ¿qué cambió realmente en la forma en que los dominicanos leen y comprenden los textos?
Los indicadores tradicionales como el número de visitantes, actividades realizadas, escritores participantes o libros vendidos, aunque útiles para dimensionar el evento, resultan insuficientes para medir su verdadero impacto cultural. Una feria puede reunir cientos de miles de personas y vender miles de libros sin que ello se traduzca en un aumento sostenido de lectores o en la incorporación de nuevos hábitos de lectura.
Es necesario ir más allá de los balances cuantitativos habituales y evaluar qué ocurre después de que se desmontan los stands: ¿aumentó la lectura en los hogares? ¿Se incorporaron nuevos lectores? ¿Mejoraron los hábitos de lectura en niños y adolescentes? ¿Las escuelas utilizaron los libros adquiridos? ¿Las bibliotecas recibieron nuevos usuarios? ¿Los clubes de lectura creados durante la feria continuaron funcionando? ¿Los jóvenes que participaron en actividades literarias siguieron leyendo meses después?
Estas preguntas deberían ser centrales en cualquier política cultural y educativa que aspire a producir resultados medibles. La Feria Internacional del Libro no debe concebirse como el punto culminante de una política de lectura, sino como uno de sus principales puntos de partida. Cuando se entiende como un instrumento de política pública, puede generar acciones antes, durante y después de su celebración, extendiendo su impacto más allá de los espacios físicos del evento.
La verdadera medida de su éxito debe buscarse en las aulas, las bibliotecas, los hogares y los clubes de lectura, donde los libros continúan circulando, los niños descubren nuevos autores y los jóvenes encuentran en la lectura una herramienta para comprender el mundo. Mientras la feria termina cada año, la lectura debería continuar.
Las instituciones responsables de las políticas culturales y educativas tienen el desafío de demostrar el retorno de la inversión en organización, recursos y esfuerzo. No basta con declarar que la feria fue exitosa; se requiere evidencia de los cambios producidos. Para ello, se necesitan indicadores que vayan más allá de la asistencia y se centren en el impacto real:
- Número de nuevos lectores incorporados
- Evolución de los préstamos en bibliotecas públicas y escolares
- Cantidad de estudiantes que participan en clubes de lectura
- Continuidad de los programas iniciados durante la feria
- Número de libros dominicanos incorporados a programas escolares
- Cantidad de niños y jóvenes que reciben y leen un libro
- Seguimiento de los participantes en programas de lectura
- Evolución de la circulación y venta de libros
- Cambios verificables en los hábitos lectores
No se trata de reducir la cultura a una hoja de cálculo, sino de utilizar la medición como instrumento para evaluar si las acciones realizadas están generando la transformación esperada. Una política pública que no puede evaluar sus riesgos corre el peligro de repetir indefinidamente las mismas acciones sin saber si producen los resultados deseados.
Es fundamental distinguir entre la circulación comercial del libro y la circulación social de la lectura. Mientras la primera se mide contando ejemplares vendidos, la segunda requiere observar comportamientos: ¿quién leyó el libro? ¿cuándo lo leyó? ¿lo terminó? ¿lo volvió a leer? ¿habló sobre él? ¿buscó otro libro del mismo autor? ¿regresó a una biblioteca? ¿comenzó a leer por iniciativa propia? Estas preguntas acercan mucho más al verdadero propósito de una política de lectura.
El objetivo final no debería ser vender libros, sino conseguir que los libros sean leídos. Para ilustrar este desafío, basta imaginar a un niño que entra por primera vez a la feria: ve los pabellones, observa los libros, escucha a un escritor, participa en una actividad, se toma una fotografía y regresa a su casa. La pregunta esencial es: ¿qué ocurrió después de ese momento? La respuesta a esa pregunta determinará si la feria cumplió su propósito más profundo.
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Carmen Rodríguez
Editora en Jefe
Periodista con más de 15 años de experiencia en medios dominicanos. Especializada en política y asuntos gubernamentales. Graduada de la Universidad Autónoma de Santo Domingo.
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