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La calma furiosa: poesía que transforma el cuerpo en conciencia y resistencia

La calma furiosa de Aleyda Quevedo Rojas transforma el cuerpo femenino en territorio de conocimiento, deseo y resistencia, entre lo sagrado y lo terrenal.

José Luis Cabrera

José Luis Cabrera

Corresponsal Internacional

domingo, 11 de octubre de 20263 min de lectura

Aleyda Quevedo Rojas, poeta ecuatoriana nacida en Quito en 1972, presenta La calma furiosa, un volumen publicado por Editorial Ojo de Cuervo dentro de la colección Mujeres del mundo. El libro reúne cincuenta y cinco poemas seleccionados por la autora entre once de sus obras anteriores, configurándose menos como una antología representativa y más como un autorretrato poético que traza el hilo entre la joven que comenzó a escribir y la mujer que hoy revisita sus palabras.

El cuerpo femenino ocupa un lugar central en esta poesía, no como mero tema sino como territorio de conocimiento y agencia. Quevedo Rojas explora cómo la conciencia piensa «con la piel, las cicatrices, la respiración y el deseo», proponiendo un cuerpo que decide, establece límites y se reconoce a través de la metamorfosis. En poemas como «Haiku de los pájaros», afirma su postura con claridad: «Cuidaré tus pájaros / pero me niego / a hacer el amor en la jaula», estableciendo una política del cuerpo donde la ternura no implica obediencia.

La naturaleza en esta obra deja de ser mero paisaje para convertirse en estado de la conciencia. El desierto, el agua y el jardín funcionan como metáforas vivas: el agua fecunda y corta como una navaja; el jardín no decora sino que archiva afectos, como en «Plantas paternas», donde el huerto doméstico conserva el recuerdo del padre y la casa. Estas imágenes se entrelazan con ecos de poetas como Olga Orozco, Marosa di Giorgio y Blanca Varela, aunque Quevedo Rojas sostiene que son resonancias, no deudas, dentro de una tradición que ella reinterpreta desde su propia voz.

Uno de los aspectos más destacados del libro es su acercamiento entre el erotismo y lo sagrado. En contraste con discursos religiosos que han culpado al cuerpo femenino, estos poemas permiten a la voz poética hablar con Dios sin renunciar al placer. «La carne piensa, el deseo reza y la herida enseña», sintetiza la propuesta de una espiritualidad encarnada donde lo divino se habita desde la materialidad.

La poesía misma se presenta como figura ambivalente: puede ser amante, refugio o incluso condena. El verso «Por intuición vendí mi alma a la poesía» no se lee como declaración romántica, sino como reconocimiento de un oficio que salva pero también obliga a confrontar lo oculto. La escritura no adormece la herida, sino que la abre para reconocer su forma, justificando la presencia recurrente de símbolos como dagas, tijeras y navajas, que también conocen, como la poda que prepara el crecimiento.

El volumen concluye con una mirada hacia lo contemporáneo. En «Geranios de la mañana», el verso «Me levanto cada mañana pensando en la muerte» conecta el duelo personal con las pérdidas colectivas de la pandemia, extendiéndose a otras formas de violencia como el odio y el hambre. El último poema, «Adivinación», sitúa al lector ante el vidrio de un teléfono: los mensajes acercan la voz, pero ninguna pantalla anula la distancia, dejando al cuerpo como recuerdo en una era de comunicación mediada.

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José Luis Cabrera
Sobre el autor

José Luis Cabrera

Corresponsal Internacional

Periodista con experiencia en coberturas internacionales. Ex corresponsal en Washington D.C. y Nueva York para medios latinoamericanos.