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Juez enfrenta dilema moral al juzgar a excompañera por presunto delito sexual

Un juez debe juzgar a su excompañera de facultad acusada de abuso sexual y psicológico, enfrentando un conflicto entre su pasado personal y su deber judicial.

Francisco Herrera

Francisco Herrera

Reportero de Investigación

sábado, 1 de agosto de 20262 min de lectura

Un juez se encuentra ante uno de los casos más complejos de su carrera al tener que juzgar a Martha, una excompañera de facultad y figura cercana de su pasado, acusada de un grave delito contra la integridad sexual y psicológica de un joven jardinero de escasos recursos.

Los hechos, según se desprende del relato judicial, indican que Martha, quien se desempeñaba en un rol de cuidado o asistencia médica, habría utilizado su posición de confianza para manipular y someter al joven, aprovechándose de su vulnerabilidad económica y social. Se le atribuye no solo la comisión del acto, sino una conducta marcada por premeditación y sadismo, donde el abuso se disfrazó de atención profesional.

El juez relata haber sido testigo directo de ciertos episodios, lo que intensifica su conflicto interno: reconoce en Martha a la persona que una vez admiró por su inteligencia y pasión por el derecho, ahora convertida, según su percepción, en un instrumento de daño deliberado. A pesar de su vínculo personal, afirma haber tenido que separar sus emociones de su función judicial, aunque admite que no lo logró sin dolor.

Desde una perspectiva jurídica, el caso plantea preguntas profundas sobre los límites del Derecho Penal. El magistrado invoca la tradición del causalismo, pero también la influencia kantiana que introdujo la intención como elemento central del delito, argumentando que «la norma se infringe no sólo con la mano, sino con la voluntad».

Destaca los principios que deben guiar la aplicación del Derecho Penal: tipicidad, antijuricidad y culpabilidad como componentes esenciales, y subraya que el castigo debe estar siempre limitado por garantías constitucionales, incluso frente a conductas consideradas monstruosas o perversas. «El Derecho Penal no es un martillo, es un equilibrio sobre la cuerda de la humanidad», afirma.

Finalmente, cuestiona qué respuestas ofrece el sistema legal ante expresiones extremas de violencia psicológica y sexual, particularmente cuando se ocultan tras fachadas de cuidado o profesionalismo. Reconoce que, aunque el joven pueda recibir una sanción penal, ninguna resolución judicial podrá devolverle plenamente lo perdido: su libertad, su dignidad y su sentido de seguridad.

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Sobre el autor

Francisco Herrera

Reportero de Investigación

Periodista investigativo con enfoque en transparencia gubernamental y casos de corrupción. Premio Nacional de Periodismo 2022.

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