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Jeannette Miller recuerda la época dorada de la arquitectura dominicana en los años 70

Jeannette Miller recuerda los años 70 como una época dorada de la arquitectura dominicana, marcada por la amistad con jóvenes arquitectos como Arnau Bross y Plácido Piña, y el auge de espacios culturales como el Taller 13 y la Galería Proyecta.

Lucía Fernández

Lucía Fernández

Editora de Cultura

jueves, 27 de agosto de 20263 min de lectura

Jeannette Miller relata su experiencia personal y profesional vinculada al desarrollo de la arquitectura en la República Dominicana durante las décadas de 1960 y 1970, destacando el papel de figuras clave como Arnau Bross, Plácido Piña, César Curiel y Yuyo Sánchez en la formación de una generación de arquitectos que marcó la transición entre el modernismo y el posmodernismo en el país.

Durante su juventud, Miller estuvo expuesta al entorno arquitectónico mediante relaciones familiares y amicales: su tío, el filósofo Tongo Sánchez, la introdujo en círculos de escritores, pintores y arquitectos donde se debatían corrientes como la Bauhaus, el modernismo y la arquitectura tropical. Asimismo, vecinos como Amable Frómeta, Manolito Baquero y Gay Vega contribuyeron a que el tema de la arquitectura se volviera cotidiano en su entorno.

En la década de 1970, Miller estableció una estrecha amistad con un grupo de jóvenes arquitectos, entre ellos Arnau Bross, Plácido Piña, Jhonito Caminero, Miguel Vila, Héctor Tamburini y Federico Fondeur. Bross y Piña trabajaban en el Taller 13 ubicado en la Arzobispo Nouel, al lado de la tienda Mimosa, propiedad de la tía de Arnau. Mientras tanto, Vila, Fondeur y Tamburini compartían espacio en la Galería Proyecta, un recinto exclusivo para sus miembros, donde también expusieron artistas como Ada Balcácer, Domingo Liz, Ramón Oviedo, Peña Defilló, Mario Cruz, Lepe, Thimo Pimentel y Félix Gontier, algunos de ellos profesores de dibujo vinculados a la generación Sánchez-Curiel.

Miller dirigió la Galería Proyecta, situada frente a la calle Isabel la Católica, mientras que el taller de Vila, Fondeur y Tamburini miraba hacia la Plazoleta de los Curas, donde estaban diseñando el Museo de Historia Natural. Durante este período, también destacó la actividad cultural en torno a la Arzobispo Nouel: Rosita Meléndez abrió su tienda La Casona, donde se presentaban libros de Juan Bosch y exposiciones de Gilberto Hernández Ortega, y donde Rafael Calventi, recientemente llegado de Italia, disertaba sobre las obras de Pier Luigi Nervi, generando debates con figuras como Domingo Liz y Gay Vega sobre propuestas arquitectónicas para el río Ozama.

En 1977, Plácido Piña abrió su taller en el Bloque 7 No. 24 de la Feria I. Miller, quien entonces carecía de espacio en su casa para guardar libros y herramientas, recibió su apoyo: Piña le ofreció usar el taller como estudio, una oferta que aceptó en 1983 y que mantiene hasta la actualidad. Al ser cuestionada sobre su rol en una oficina de arquitectos, Piña respondió frecuentemente que su enfoque seguía el criterio de Ricardo Bofill, quien en 1963 fundó en Barcelona un taller interdisciplinario que incluía arquitectos, ingenieros, sociólogos, filósofos y poetas, entre ellos José Agustín Goytisolo, cuyo poema El lobito bueno fue mencionado como influencia.

Aunque la convulsión social de la década de 1960 interrumpió algunas de estas experiencias tempranas, los años 70 representaron, según Miller, una época de oro para la arquitectura dominicana, un periodo formativo que contribuyó significativamente a la transición del modernismo al posmodernismo en el ámbito local, aunque en su momento no se percibiera plenamente su magnitud histórica.

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Lucía Fernández
Sobre el autor

Lucía Fernández

Editora de Cultura

Crítica cultural y escritora. Especializada en arte, música y entretenimiento dominicano. Columnista con 10 años en medios nacionales.

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