Herbert Stern ingresa a la Academia Dominicana de la Historia como miembro de número
El oftalmólogo e historiador Herbert Stern ingresa a la Academia Dominicana de la Historia tras destacar el rol social de las farmacias en la Segunda República como sostén del sistema de salud ante la ausencia estatal.
Miguel Ángel Pérez
Editor de Economía

Herbert Stern, médico oftalmólogo e investigador de la historia de la medicina dominicana, ingresó esta semana como Miembro de Número de la Academia Dominicana de la Historia, ocupando el sillón K que perteneció al jurista e historiador Américo Moreta Castillo. El acto, celebrado ante los miembros de la Junta Directiva y de número de la institución, tuvo el carácter solemne que corresponde a un ingreso que enriquece la memoria nacional desde una perspectiva poco explorada: la de la salud pública y la farmacia como instituciones sociales.
Stern llegó a la historia a través de la medicina. Durante años ha publicado en Acento.com.do una serie de investigaciones sobre el desarrollo de la salud pública en la República Dominicana, rastreando archivos, prensa del siglo XIX y bibliografía especializada para reconstruir un pasado médico desplazado al margen por los grandes relatos políticos. Ese trabajo sostenido, realizado cada sábado con la precisión de un diagnóstico y la rigurosidad de una prescripción, convenció a los siete Miembros de Número que propusieron su candidatura: Welnel Darío Félix, Eugenio Pérez Montás, Miguel Guerrero, José Chez Checo, Frank Moya Pons, Bernardo Vega y Manuel García Arévalo.
Para su ingreso, Stern eligió analizar el período de la Segunda República (1865-1916) desde un ángulo inédito: el de la farmacia como institución social. Su argumento central fue contundente: en ausencia de un Estado capaz de garantizar salud pública, fueron los boticarios quienes sostuvieron el sistema sanitario nacional. En un contexto de devastación tras la Guerra de la Restauración, donde enfermedades como paludismo, fiebre amarilla, cólera y tuberculosis diezmaron a una población sin hospitales ni médicos suficientes, el boticario emergió como el primer y con frecuencia único punto de contacto con algo que pudiera llamarse sistema de salud.
Según detalló Stern en su discurso, los boticarios no eran simples comerciantes: preparaban fórmulas magistrales, daban consejo médico, importaban productos europeos y conocían de memoria las plantas heredadas del saber taíno, español y africano. Recorrió geográficamente las boticas del país: en Santo Domingo funcionaban las de San José, Nacional, Salud, El Pilón, La Legalidad y Serrati; en Santiago operaban la Droguería del Cibao y las farmacias Espaillat, Los Campos Elíseos y La Reunión; en San Pedro de Macorís estaba La Macorisana, establecida en 1880 por Manuel Mallén y Ortiz; y en La Vega la farmacia El Carmen, cuyo dueño, don Cristóbal Joaquín Gómez y Moya (conocido como el ciego), atendía pacientes pese a su ceguera total y ofrecía recetas gratuitas.
Destacó también el caso de Puerto Plata, donde el médico cubano Manuel Ramón Silva rebautizó su botica como La Malvina y publicó un aviso de prensa que Stern calificó como «un documento admirable de ética profesional temprana»: prometía preparaciones «con severa sujeción a los preceptos farmacéuticos» y concluía con la frase: «no imploro el favor del público, solo me propongo inspirar confianza».
Stern reconstruyó además el catálogo de remedios de la época, entre los que destacaron productos nacionales como las píldoras antimaláricas del doctor Basilio Íñiguez, la Jalea Quinopéptica de Carlos Arvelo, el Elixir Garres de Bernard Goussard (graduado en París), el Kúmis contra la tuberculosis (elaborado con leche fermentada) y el Le Rus, un vomitivo secreto de una familia santiaguera al que se atribuían propiedades contra la esterilidad. Junto a estos, circularon importaciones como el Rob Boyveau-Laffecteur francés (para sífilis), las Píldoras de Holloway inglesas, la Emulsión de Scott y el compuesto vegetal de Lydia Pinkham, provenientes de Estados Unidos.
Con su ingreso, la Academia Dominicana de la Historia incorpora una visión que amplía el entendimiento del pasado nacional: no solo desde lo político o militar, sino desde lo cotidiano, lo sanitario y lo comunitario. El trabajo de Stern pone en valor el rol silencioso pero esencial de quienes, desde el mostrador de una botica, intentaron aliviar el sufrimiento en tiempos de abandono estatal.
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Miguel Ángel Pérez
Editor de Economía
Economista y periodista financiero. Ex analista del Banco Central de la República Dominicana. Especialista en mercados y finanzas internacionales.
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