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El poder del discurso mediático en la era digital: ¿Quién decide qué creemos?

El discurso mediático en la era digital no solo comunica ideas, sino que construye realidades y puede manipular percepciones mediante la reiteración y la falta de verificación.

Miguel Ángel Pérez

Miguel Ángel Pérez

Editor de Economía

domingo, 9 de agosto de 20263 min de lectura
El poder del discurso mediático en la era digital: ¿Quién decide qué creemos?
El poder del discurso mediático en la era digital: ¿Quién decide qué creemos?

El discurso no es solo un conjunto de palabras organizadas para comunicar una idea, sino una práctica humana capaz de construir realidades, modelar percepciones y producir efectos sobre quienes lo reciben. Desde la perspectiva de Émile Benveniste, el discurso adquiere su verdadera dimensión en el acto de enunciación: el sujeto que dice «yo» presupone la existencia de un «tú», y mediante esa relación construye una situación comunicativa esencialmente relacional.

Cuando una enunciación individual encuentra los medios para multiplicarse y alcanzar a miles o millones de personas, deja de ser un acto exclusivamente personal y puede convertirse en un fenómeno social. En ese momento, el discurso comienza a intervenir en la manera en que una colectividad interpreta los acontecimientos, reconoce a sus semejantes y construye sus representaciones de la realidad.

Las redes sociales de Internet han llevado esta realidad a una dimensión inédita. Una publicación acompañada de una fotografía manipulada, un video fuera de contexto o un titular engañoso puede alcanzar a miles de personas en cuestión de minutos. Una información falsa puede ser compartida por alguien que la considera verdadera y, después, reproducida por cientos de usuarios que tampoco la han verificado.

El problema no es únicamente la existencia de la mentira, sino la capacidad que tienen ciertos discursos para circular, repetirse, adquirir apariencia de legitimidad y terminar incorporándose al imaginario colectivo. La reiteración puede producir familiaridad; la familiaridad, a su vez, puede generar una peligrosa ilusión de verdad.

Según el análisis crítico del discurso de Teun A. van Dijk, una de las tareas centrales consiste en explicar «las relaciones entre discurso y poder social». El poder comunicativo no depende solo de lo que se dice, sino también de quién puede decirlo, desde qué posición, a través de qué medios y con qué capacidad para hacerlo circular.

En las redes sociales, ese poder se manifiesta cotidianamente: un mensaje falso puede presentar como verdadero un acontecimiento que nunca ocurrió; una fotografía puede atribuirse a un lugar o fecha distinta; un video antiguo puede difundirse como si fuera reciente; una declaración puede ser recortada hasta alterar completamente su sentido. El discurso digital puede construir una realidad paralela.

Para evitar ser víctimas de estos discursos, se recomienda: detenerse antes de compartir cualquier contenido digital; verificar la fuente (¿quién publica?, ¿es identificable?, ¿tiene autoridad sobre el tema?); buscar la información en otros medios independientes y confiables; comprobar la fecha y el contexto de fotografías y videos; desconfiar de titulares diseñados para provocar indignación, miedo o euforia; distinguir entre opinión y hecho verificable; y preguntarse siempre qué evidencia sostiene una afirmación.

El comunicador tiene una responsabilidad todavía mayor: su discurso puede educar o manipular, contribuir a la convivencia o alimentar el odio, esclarecer una realidad o deformarla deliberadamente. Quien comunica ante grandes audiencias no solo administra información, sino también, en cierta medida, posibilidades de interpretación.

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Miguel Ángel Pérez
Sobre el autor

Miguel Ángel Pérez

Editor de Economía

Economista y periodista financiero. Ex analista del Banco Central de la República Dominicana. Especialista en mercados y finanzas internacionales.

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