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El cansancio ante el pesimismo: ¿Por qué ignoramos las advertencias reales?

El cansancio ante las advertencias repetidas lleva a ignorar riesgos reales, incluso cuando los indicadores sociales mejoran. La responsabilidad recae en quienes emiten las alertas.

Francisco Herrera

Francisco Herrera

Reportero de Investigación

domingo, 11 de octubre de 20263 min de lectura

La aparente desconexión entre las amenazas globales y el comportamiento cotidiano plantea una pregunta cada vez más frecuente en espacios de ocio: ¿por qué nadie parece atormentado pese a los riesgos anunciados? Este fenómeno se observa incluso en contextos de alta demanda, como restaurantes abarrotados en días laborables, donde la conversación gira en torno a la financiación y la ausencia de preocupación visible.

Según algunos especialistas del sector, existe un 10 % de probabilidad de que la inteligencia artificial provoque la extinción de la humanidad. Fuera de los registros oficiales, fuentes de inteligencia citan probabilidades similares para un conflicto paneuropeo durante esta década. No obstante, el autor afirma sentirse bien, al igual que muchos otros que luchan por conseguir una mesa en horarios pico, lo que sugiere una actitud colectiva de despreocupación frente a escenarios catastróficos.

Esta brecha entre la precariedad percibida del mundo y la tranquilidad observada podría explicarse por lo que el autor denomina cansancio ante el pesimismo. Tras años de advertencias repetidas —desde la aniquilación nuclear en los años ochenta, pasando por Al Qaeda, hasta el confinamiento pandémico—, muchas de las cuales resultaron menos graves de lo previsto, el público ha desarrollado una insensibilidad progresiva.

El efecto acumulado de estas alarmas, aunque muchas veces bien intencionadas, ha generado un fenómeno similar al de El niño que gritó ¡Lobo!: cuando se repiten falsas alertas, las verdaderas tienden a ser ignoradas. Este error inductivo, ya identificado por filósofos como David Hume, lleva a que la gente se encogiera de hombros ante amenazas reales como la figura de Vladimir Putin, precisamente porque previamente subestimó advertencias sobre Saddam Hussein o pandemias eternas.

Los pánicos del pasado, como el despliegue de misiles Pershing, el 11 de septiembre o la aparición del coronavirus, tenían fundamentos en eventos concretos y de gran magnitud. En contraste, el pesimismo actual tiende a ser más psicocultural: debates sobre la «crisis de la masculinidad», la «posalfabetización» o el declive civilizatorio, a menudo basados en datos selectivos, divulgación simplificada y retórica excesiva, que terminan generando ruido más que alerta útil.

Cuando el discurso catastófico choca con la experiencia cotidiana —donde muchos indicadores sociales, como la reducción a la mitad de la delincuencia desde los años noventa, muestran mejoras—, surge una pérdida de confianza en las advertencias, incluso aquellas que son válidas. Esta desconexión es peligrosa, pues lleva a subestimar riesgos genuinos por haber confundido el ruido con la señal.

El autor argumenta que la oposición al pesimismo no debe basarse únicamente en su frecuente inexactitud, sino en sus consecuencias utilitarias: el pesimismo constante, cuando se demuestra infundado con frecuencia, nos hace menos vigilantes, no más. Por tanto, la responsabilidad ética recae sobre quienes emiten las advertencias, que deben modular su tono para evitar que sus mensajes se conviertan en un fondo sonoro al que nadie presta atención.

En definitiva, el verdadero peligro no es el pesimismo en sí, sino su abuso, que erosiona la capacidad de la sociedad para distinguir entre lo relevante y lo trivial. Moderar las afirmaciones, incluso las plausibles, es necesario para preservar la atención colectiva cuando realmente se necesita.

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Francisco Herrera
Sobre el autor

Francisco Herrera

Reportero de Investigación

Periodista investigativo con enfoque en transparencia gubernamental y casos de corrupción. Premio Nacional de Periodismo 2022.