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La conexión entre poesía y ciencia: cómo el cuerpo humano refleja su vínculo cósmico

La poesía une lo metafísico y lo biológico: nuestra esencia está hecha de elementos estelares y se expresa mediante procesos neuroquímicos que conectan mente, cuerpo y cosmos.

Miguel Ángel Pérez

Miguel Ángel Pérez

Editor de Economía

domingo, 23 de agosto de 20264 min de lectura
La conexión entre poesía y ciencia: cómo el cuerpo humano refleja su vínculo cósmico
La conexión entre poesía y ciencia: cómo el cuerpo humano refleja su vínculo cósmico

La poesía no es solo una expresión del alma, sino también un fenómeno profundamente arraigado en la biología y la química del ser humano. Un enfoque interdisciplinario revela que la experiencia estética surge de una compleja interacción entre lo metafísico, lo neuroquímico y lo cósmico, donde lo poético se convierte en un puente entre la mente, el cuerpo y el universo.

Desde una perspectiva filosófica, el efluvismo —concepto que describe la transmutación mental hacia lo poético— no se limita a observar o cuestionar la realidad, sino que medita en su dispersión y espera las catarsis para incorporarlas al "rayo poético". Este proceso se nutre de los mundos habitados en la mente y de la memoria universal, explorando lo espiritual y lo cosmogónico mediante la filosofía y la estética. Así, se construyen vías para alcanzar lo estético más allá de la comprensión literal, configurando una esencia que vincula a la humanidad con lo telúrico y lo cósmico.

Esta visión resuena con pensadores como Martin Heidegger, quien entendía el arte como desocultamiento de la verdad frente a la razón instrumental; Octavio Paz, quien veía en la poesía la consagración del instante que trasciende lo cotidiano; y José Lezama Lima, quien describió el vínculo humano con lo telúrico-cósmico como un puente místico entre el arraigo material de la tierra y el orden universal.

Estas ideas plantean una pregunta fundamental: ¿qué nos une en lo más profundo de nuestra naturaleza? ¿Qué nos conecta con el cosmos? Esta cuestión ha sido uno de los debates más persistentes del pensamiento humano, trascendiendo origen, civilización y geografía.

Sin embargo, la comprensión de este vínculo ha evolucionado con el avance científico. La transición de la concepción hilemórfica aristotélica a la química moderna de figuras como Antoine Lavoisier, Joseph Louis Proust y John Dalton marcó un cambio epistemológico: se abandonó la abstracción metafísica en favor de la cuantificación empírica. Este giro, documentado por historiadores de la ciencia como Bensaude-Vincent y Stengers (1997) y Bertomeu Sánchez y García Belmar (2005), no disolvió la conexión humana con el universo, sino que la redefinió en términos materiales.

La ciencia contemporánea revela que nuestro vínculo con el cosmos es químicamente absoluto. Según estudios de nucleosíntesis estelar (Burbidge et al., 1957), los elementos que forman el 96 % de la masa corporal humana —carbono, hidrógeno, oxígeno y nitrógeno (CHON)— son los mismos que abundan en el universo. Esta composición compartida no es estática: implica un flujo constante de átomos entre el organismo y el entorno cósmico.

Esta continuidad molecular fundamenta la experiencia cognitiva y afectiva. Toda emoción, pensamiento o pasión surge de sutiles transformaciones bioquímicas mediadas por estos mismos elementos. Como resultado, el cerebro ya no se considera el único centro psicoemocional: la cognición y la afectividad emergen de una red sistémica que incluye otras regiones corporales, como lo demuestra la comunicación bidireccional del eje microbiota-intestino-cerebro (Foster et al., 2017; Mayer et al., 2022).

En este contexto, la experiencia estética no puede reducirse únicamente a neurotransmisores como la dopamina o la serotonina, pero tampoco puede ignorar su sustrato biológico. La dopamina, por ejemplo, actúa como testimonio de cómo la poesía activa procesos neuroquímicos específicos en el cerebro del creador. Así, la creación poética se revela como un puente donde coexisten la abstracción del lenguaje y la materialidad neuronal, un campo estudiado con rigor por la neuroestética (Changeux, 2012; Chatterjee & Vartanian, 2014; Ramos-Zúñiga, 2016; Zeki, 2009).

Además, lo poético se nutre de la interacción con el mundo exterior. Tocar el cuerpo del ser amado, por ejemplo, multiplica las metáforas emocionales que el poeta recibe, generando una catarsis lingüística donde la sensación y la emoción detienen y estimulan simultáneamente el pensamiento poético. Esta detención está relacionada con el pasmo estético, la catarsis aristotélica o lo sublime kantiano —estados en los que se alcanza el culmen del asombro y se rozan los límites de la condición humana.

La literatura universal, en su mejor expresión, logra explicar la existencia y la esencia del ser humano. Aunque pueda resultar ambicioso pretender abarcar a toda la humanidad, sí es aplicable a grandes porciones de ella o a civilizaciones específicas, sin caer en generalizaciones excesivas. Autores como Jean-Baptiste Poquelin (Molière), con obras como Tartufo, han trascendido contexto, tiempo y lengua para alcanzar dimensiones inmensas, ofreciendo insights perdurables sobre la naturaleza humana.

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Miguel Ángel Pérez
Sobre el autor

Miguel Ángel Pérez

Editor de Economía

Economista y periodista financiero. Ex analista del Banco Central de la República Dominicana. Especialista en mercados y finanzas internacionales.

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