La alofokización de la dominicanidad: cuando la popularidad desplaza al mérito
La alofokización de la dominicanidad refleja un cambio cultural donde la popularidad y la viralidad desplazan al mérito y el conocimiento como criterios de autoridad social.
José Luis Cabrera
Corresponsal Internacional
La alofokización de la dominicanidad representa un fenómeno cultural en el que la atención y la viralidad han reemplazado al mérito, la trayectoria y el conocimiento como criterios de legitimación social. Este proceso, analizado en profundidad, revela una transformación en los valores sociales donde lo que capta la atención no siempre posee el mayor valor intrínseco.
Durante mucho tiempo, el reconocimiento social estuvo asociado con la obra, el conocimiento, la trayectoria, el talento o el servicio a los demás. Sin embargo, en la era digital, un nuevo mecanismo de legitimación ha emergido: lo viral. Cualquier persona puede alcanzar una influencia extraordinaria mediante la generación de controversias, la provocación emocional, la exhibición de la intimidad o la producción de contenidos capaces de mantener a millones conectados.
Una de las transformaciones culturales más importantes de nuestro tiempo es precisamente esa: el joven tiende a preguntarse menos “¿Qué ha construido esta persona?” y más “¿Cuántos seguidores tiene?”. La audiencia comienza a funcionar como certificado de autoridad, donde la exposición sustituye a la trayectoria y el “like” se convierte en aprobación social.
Esto no significa que toda persona popular carezca de mérito ni que todo contenido digital sea negativo, sino que estamos ante un cambio en los criterios mediante los cuales una parte de la sociedad determina quién merece ser escuchado. La pregunta central se vuelve: ¿Qué ocurre cuando la vulgaridad deja de ser una excepción y comienza a convertirse en modelo de éxito?
Cuando insultar produce audiencia, cuando provocar genera contratos, cuando el conflicto produce más atención que el diálogo, y cuando la exposición de la intimidad se transforma en mercancía, el problema deja de ser exclusivamente el contenido para convertirse en un fenómeno cultural más amplio.
La llamada “Casa de Alofoke” puede ser observada como uno de los símbolos más visibles de esta transformación, aunque sería simplista atribuirle a una plataforma o a una persona la responsabilidad de todos nuestros males. La alofokización no comenzó con el populista Alofoke, sino que es la expresión visible de un proceso social mucho más amplio.
El gran problema de la era digital no es que nos falte información, sino que tenemos demasiada. Como señaló el filósofo Umberto Eco, Internet pone millones de datos al alcance de cualquier persona, pero tener información disponible no significa poseer conocimiento. Por ello, la educación contemporánea debe enseñar a buscar, seleccionar, comparar, verificar y cuestionar, transformando al profesor en guía y mediador crítico.
Una pregunta fundamental surge: ¿Quién está enseñando a nuestros jóvenes a distinguir entre información y conocimiento, entre opinión y argumento, entre popularidad y autoridad? Enseñar a dudar no significa enseñar a desconfiar de todo, sino a no creerlo todo. Las plataformas digitales funcionan en buena medida alrededor de lo que consigue captar y retener la atención: la indignación, la controversia, el escándalo y la provocación funcionan, mientras que la reflexión profunda suele requerir más tiempo.
No vamos a recuperar a nuestros jóvenes diciéndoles simplemente que abandonen las redes. Tenemos que aprender a hablarles en los lenguajes de su tiempo. Si la vulgaridad utiliza las plataformas para conquistar atención, la cultura también debe aprender a utilizarlas. Si la historia no encuentra audiencia, debemos encontrar nuevas formas de contarla. Si los museos están vacíos, debemos preguntarnos cómo llevar sus historias a las pantallas.
El problema no es la tecnología, sino dejarla únicamente en manos de quienes saben utilizarla para producir atención, pero no necesariamente conocimiento. Este fenómeno tampoco se limita al entretenimiento: la política corre el riesgo de entrar en la misma lógica, donde un político puede recibir más atención por una frase provocadora que por un proyecto de ley, por una confrontación que por una propuesta, o por una actuación para las redes que por una visión de Estado.
Cuando la política se convierte en espectáculo, el ciudadano deja de ser protagonista y se convierte en espectador. Los partidos políticos tienen aquí una responsabilidad: no pueden reclamar ciudadanos críticos mientras no desarrollen suficientemente la formación política, histórica y cívica necesaria para navegar este nuevo entorno informativo.
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José Luis Cabrera
Corresponsal Internacional
Periodista con experiencia en coberturas internacionales. Ex corresponsal en Washington D.C. y Nueva York para medios latinoamericanos.
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