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11 de septiembre: 25 años del 11-S y 53 del golpe en Chile, fechas que exigen reflexión

25 años del 11-S y 53 del golpe en Chile: fechas que exigen reflexión sobre violencia política, justicia y defensa de la democracia.

José Luis Cabrera

José Luis Cabrera

Corresponsal Internacional

viernes, 11 de septiembre de 20264 min de lectura
11 de septiembre: 25 años del 11-S y 53 del golpe en Chile, fechas que exigen reflexión
11 de septiembre: 25 años del 11-S y 53 del golpe en Chile, fechas que exigen reflexión

Hoy se cumplen 25 años de los ataques del 11 de septiembre de 2001 contra las Torres Gemelas y el Pentágono, y 53 años del golpe militar que derrocó a Salvador Allende en Chile. La coincidencia de ambas fechas no es casual, sino una oportunidad para analizar con profundidad las raíces y consecuencias de la violencia política.

El 11-S de 2001 dejó 2.977 víctimas en suelo estadounidense, mientras que el golpe de 1973 en Chile instauró una dictadura que, durante 17 años, provocó miles de muertos, torturados y desaparecidos. Aunque los métodos fueron distintos, la lógica subyacente fue la misma: destruir para imponer un orden.

Desde una perspectiva ética, el terrorismo es rechazable en todas sus formas, ya sea cometido por actores no estatales como Al Qaeda o por Estados mediante violencia sistemática contra sus propios pueblos. No existe un terrorismo "bueno" o "malo" según quién lo sufra; hay víctimas y responsables.

Según reportes de BBC Mundo, Khalid Sheikh Mohammed, identificado como el arquitecto confeso de los ataques del 11-S, lleva 23 años detenido sin juicio definitivo. En julio de 2025, un tribunal rechazó un acuerdo de culpabilidad que habría evitado la pena de muerte, y en agosto de 2026, un juez militar fijó el juicio para junio de 2028. A 27 años del crimen más documentado de la historia reciente, el proceso judicial sigue sin concluir.

Esta situación revela una contradicción: Estados Unidos buscó castigar el terrorismo pero creó una zona gris legal que hoy le impide juzgar con autoridad moral a su propio acusado. El uso de cárceles de excepción, interrogatorios bajo tortura y tribunales militares paralelos ha erosionado la credibilidad del sistema que pretende defender la justicia.

Reducir el 11-S a un mero problema de seguridad ha llevado a respuestas que, en muchos casos, han agravado el conflicto: guerras que costaron más vidas que los ataques originales, regímenes de vigilancia masiva que atentaron contra libertades civiles y un aumento de la islamofobia que aún marca la política occidental.

Asimismo, Al Qaeda no surgió de la nada, sino como producto de décadas de intervenciones militares, apoyo a dictaduras convenientes, exclusión económica y humillación cultural. Comprender este contexto no justifica la violencia, pero es esencial para evitar que los ciclos de resentimiento y extremismo se repitan.

El autoritarismo, ya sea con uniforme militar o con traje y legitimidad electoral, alimenta el resentimiento que luego puede explotar en violencia. Chile vivió esto al revés: fue la democracia la que cayó bajo las botas, pero el mecanismo es idéntico. Cuando las instituciones fallan, la desigualdad se vuelve insoportable y el disenso se criminaliza, el extremismo encuentra terreno fértil.

El impacto del 11-S también se sintió en la República Dominicana. Ciudadanos dominicanos, migrantes y descendientes murieron en las Torres Gemelas, y la diáspora en Nueva York vivió el ataque de cerca. En los años siguientes, políticas migratorias más duras, perfilamiento racial y desconfianza hacia comunidades árabes y latinoamericanas afectaron a miles de dominicanos en Estados Unidos.

Además, América Latina entera pagó el precio de la Doctrina de Seguridad Nacional, que convirtió los golpes militares en herramienta de política exterior. La Operación Cóndor unió a las dictaduras del Cono Sur en una red de coordinación que hoy se reconoce como terrorismo de Estado.

Aunque las Torres Gemelas ya no están y el Palacio de La Moneda fue bombardeado, las preguntas que dejaron esas fechas permanecen abiertas: ¿Cómo construiremos sociedades donde el extremismo no encuentre oxígeno? ¿Cómo juzgaremos los crímenes del poder sin convertirnos en lo que condemamos? ¿Cómo honraremos a los muertos sin usar su memoria para justificar nuevas violencias?

Recordar ambas fechas desde Santo Domingo no es solo un acto de memoria. Es reconocer que la violencia política no respeta fronteras y que la democracia, frágil e imperfecta, se defiende todos los días, no solo en los aniversarios.

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José Luis Cabrera
Sobre el autor

José Luis Cabrera

Corresponsal Internacional

Periodista con experiencia en coberturas internacionales. Ex corresponsal en Washington D.C. y Nueva York para medios latinoamericanos.